Xtratime Community banner

1 - 13 of 13 Posts

·
Honourable Mention, October 2011 Photo Contest
Joined
·
18,041 Posts
Discussion Starter · #1 ·
Ok, this is an extra football..or not, but in the name of the great composer, I will recommend music, books, etc...from the arse of the world, and expect exchange with people from other places, to start some short stories from Fontanarrosa (btw Bonita, Humbird (I think you don't like me a bit, but is in the name of Johan !!!!, Pooh, if you can translate them, thanx in advance):

Memorias de un wing derecho

Y aquí estoy. Como siempre. Bien tirado contra la raya. Abriendo la cancha. Y eso no me enseño nadie. Son cosas que uno ya sabe solo. Y meter centros o ponerle al arco como venga. Para eso son wines. No me vengan con eso de wing “ventilador” o wing “mentiroso” o las pelotas. Arriba y contra la raya.
Abriendo la cancha para que no se amontonen los forwards en el medio. Nada de andar bajando a ayudar al marcador de punta ni nada de eso. Si el marcador de punta no puede con el wing de él... ¿para qué m... juega de marcador de punta? Lo que pasa es que ahora cualquier mocoso le sale con esas teorías nuevas y nuevas formas de juego o te viene con la “holandesa” o la brasileña y otras estupideces.
¡Por favor! El fútbol es uno solo y a mí no me saca de la formación clásica: el arquero bien parado en la raya y atento. Por ahí escucho decir que Gatti juega por toda el área o sale hasta el medio de la cancha... Y bueno, así le va. Yo al arquero lo quiero paradito en su arco y nada más. Para eso es arquero. Después una línea de tres. Después otra de cinco. Y arriba que nos dejen a nosotros tres. Más de veinte años hace que jugamos así y nos hemos podrido de hacer goles. De a siete hacemos. Yo ya debo llevar como 6.800. Yo solo... ¡Después me dicen de Pelé! O arman tanto despelote porque Maradona hizo cien. Cien yo hago en una temporada. Y en verano, cuando los pibes se quedan en el club como hasta las dos de la matina, me atrevo a hacer cuarenta, cincuenta goles por semana. Cuarenta, cincuenta. Yo solo... Maradona... ¡Por favor! Y eso para no hablar del centrofoward nuestro. debe llevar más de 12.000 goles. por debajo de las patas... Y...¡el tipo está ahí!
donde deben estar los centrofoward. En la boca del arco. En el área chica. Pelota que recibe, ¡Pum! adentro. A cobrar. Y ojo, que el nueve de los de Boca no es maño tampoco. Es el mismo estilo que el nuestro. Siempre ahí: en la troya. Adonde están los japoneses. ¡Nos ha amargado más de un partido, eh! Yo no he visto los goles que nos ha hecho pero escucho los gritos y el ruido de la pelota adentro del arco.

Le da con un fierro el guacho. Pero, claro, tiene dos wines que son dos salames. Por ahí si jugara al lado mío él también habría hecho como 12.000 goles. ¡Si le habré servido goles al nueve! ¡Si le habré servido goles! Me acuerdo el día del debut. Le estoy hablando de hace 25 años, 25 años, un cuarto de siglo. Sacaron la lona que cubría la cancha y le juro que nos escegueció la luz. Un solazo bárbaro. Yo casi no podía ver por el resplandor en las camisetas, especialmente en las nuestras. Claro, por el blanco. Las bandas rojas parecían fuego. No como ahora, que está saltando todo el esmalte y se ve el plomo. O el piso, del verde ya no queda casi nada. ¡Cómo está ésta cancha! ¡Qué lástima! Qué poco cuidada está. Pero bueno, ese día fue algo inolvidable. Era domingo al mediodía y se ve que los muchachos estaban alborotados porque esa tarde jugaban River y Boca en el Monumental y ellos se habían reunido en el club para irse todos juntos en el camión para el partido. ¡Huy, lo que era ese día! Y claro, llegaron ahí y se encontraron con que la Comisión Directiva había comprado el metegol.

Yo había escuchado desde abajo de la lona que pensaban inaugurarlo esa noche cuando los socios se juntaban en la sede social a comentar los partidos o tomarse un fernet antes de cenar. Pero... ¡qué!... apenas los muchachos vieron el metegol al lado de la cancha de básquet ni siquiera se molestaron en meterlo adentro.

¡Además, esto es pesado, eh! No sé cuántos kilos debe pesar esto, pero es pesado. Puro fierro, de las cosas que se hacían antes. Bueno, ahí nomás lo destaparon y se armó el partido. Yo calculo, calculo, que había de haber entre 20 y 25 años personal viendo el partido. ¡No menos, eh! No menos. Una multitud. Y había apuestas y todo. Le digo que calculo que había esa gente porque yo ni miré para arriba, le juro, no me atrevía a levantar la vista del cagazo que tenía. Le juro. Uno escuchaba bramar esa tribuna y temblaba.
¡Qué cosa inolvidable! Nosotros, los tres de adelante, tuvimos suerte porque el tipo que nos manejaba se ve que sabía. Yo apenas sentí que se movía, dije: “Hoy vamos a andar bien”. porque también es importante el tipo que a uno le toque para manejarlo. Usted podrá tener condiciones, es más, podrá ser un fenómeno, pero si el que está afuera es un queso, va muerto. Y yo le digo, ahora, con experiencia, yo apenas noto cómo el tipo me mueve ya me doy cuenta si conoce o no. Es una cuestión de experiencia , nada más. No es que uno sea sabio. Escúcheme, usted ve un tipo cómo se para en la cancha y ya sabe cómo juega al fútbol. No tiene necesidad ni de verlo correr. ¡Por favor! Pero ese día se ve que el tipo conocía. No era ni improvisado ni uno que agarra la manija porque está aburrido y para matar el tiempo se juega un metegol. De esos que usted trata de ayudarlos, de darles una mano pero al final el que queda como un patadura es usted. Cuando el culpable es el que tiene la manija. Y usted los escucha gritar: “¡Qué tronco es el siete ese! ¡Qué animal el wing!”. Hay que aguantar cada cosa. ¡Por favor! Pero ese día no. Ese día tuve suerte, lo que es importante en un debut. Y más en un River-Boca. Usted sabe bien cómo son estos partidos. Un clásico es un clásico, digan lo que digan ahora yo ya tengo como 30.000 clásicos jugados y así y todo, le digo, todavía cuando escucho el pique de la primera pelota en la mitad de la cancha me pongo nervioso. Parece mentira. Es que son partidos muy parejos. Somos equipos que nos conocemos mucho. Pero aquél día tuvimos suerte, por lo menos los de adelante. De la mitad de la cancha para adelante la rompimos, la hacíamos de trapo. “Tachola”, me acuerdo que se llamaba el que tenía la manija. Me acuerdo porque le gritaban permanentemente y además porque durante cuatro años vuelta a vuelta venía al club y jugaba. ¡Cómo sabía ese tipo! Lo arruinó la bebida. Cuando llegaba en pedo yo me daba cuenta porque nos hacía hacer molinetes y cada cagada que ni le cuento. Un día me hizo hacer un molinete y yo cacé un chute que la pelota saltó del metegol e hizo sonar un vaso. Me quería hacer pagar a mí el desgraciado. Pero cuando estaba sobrio era un león. Y ese día la gasté. En la defensa no andábamos tan bien porque el que manajaba a los tres era un salame. Un paspado. Pero con los de adelante bastaba.
No hay mejor defensa que un buen ataque, mi amigo, eso lo sabe cualquiera. ¡Por favor! Ahora se meten todos abajo. Están locos. tres pepas hice ese día. Y las otras tres se las serví al nueve, al morochón. Y no tenía bigotes. Lo que pasa es que algún mocoso se los pintó con birome para que se pareciera a Luque. Un gol, me acuerdo, un gol, la bola rebotó en el corner y se me vino. Ibamos perdiendo uno a cero, porque ¡ojo! habíamos arrancado perdiendo, y la hinchada bramaba. La puse debajo de la suela y casi la astillo. La empecé a pisar y me la traje despacito para el medio. El nueve se fue para la izquierda y el once también, para abrirme un buco. Yo la masé y un par de veces amagué el puntazo, pero el fullback me tapaba el tiro y no veía ángulo para el taponazo. Le cuento que yo no le hago asco a patear y cuando veo luz le sacudo. A mí no me vengan con boludeces. Pero el rubio que me marcaba me tapaba bien. Entonces yo agarro y la engancho de nuevo para afuera, para mi lado, como para meterle un derechazo cruzado, al segundo palo, a la ratonera. ¡Si habré hecho goles así! Y cuando el rubio me sigue para taparme y el arquero cubre el primer palo, de revés nomás, cortita, la toco para el medio. Y el nueve, sin pararla ché, le puso semejante quema que abolló la chapa del fondo del arco. ¡Qué golazo! ¡Lo que fue eso! Yo lo había escuchado al *****, lo había escuchado. Cuando yo me abrí para la derecha y ví que la defensa se venía conmigo. Y lo escuché al *****, lo había escuchado. Cuando yo me abrí para la derecha ví que la defensa se venía conmigo. Y lo escuché al ***** que me grita: “¡Ah!”. Y se la toqué. Lo mató al *****. Lo mató. La hacemos siempre a ésa. Diga que ya nos conocen. ¡Qué partido fue ése! Y para esta noche tenemos uno lindo. Si es que vienen los muchachos. Porque los escuché decir que iban a las maquinitas. Siempre hablan de las maquinitas. Vaya a saber qué es eso. Acá una vez al club trajeron una. Yo siempre escuchaba unos ruidos raros, unas cosas como “pluic” “plinc” , “clun” y unas sacudidas. Unas luces. Pero después no lo sentí más. Dicen que se le jodió algo adentro a la máquina, algún fusible y nunca hay guita para comprarlo. Son máquinas delicadas. De ésas que hacen los yanquis. Por eso los muchachos siempre vuelven. Porque el fútbol es el fútbol. Esa es la única verdad. ¡Qué me vienen con esas cosas! Son modas que se ponen de moda y después pasan. El fútbol es el fútbol, viejo. El fútbol. La única verdad.
¡Por favor!
 

·
Honourable Mention, October 2011 Photo Contest
Joined
·
18,041 Posts
Discussion Starter · #2 ·
Another...

¡Qué lástima Cattamarancio!


—Va a venir el centro desde la punta derecha, es un infierno el área 18, arde el cuadro de rigor, Magrín entre los tres palos, empujándose Sabioli con García Mainetti. ¡Cuidado muchachos, cuidado muchachos! Si los ve el árbitro se van los dos para los vestuarios. Entraña serio peligro este tiro libre, sube Tomé, sube Romano, ahí también va Julio Esteban Agudelo en procura del centro, no respeta la distancia Omar Grafigna. ¡Qué cosa con Grafigna, siempre lo mismo! ¡Vamos Grafigna, un poco más atrás! Va a lanzar desde el flanco derecho Juan Carlos Marconi, el áspero marcador de punta de River Plate, se demora la maniobra. ¡Cabrini!
—¡Almaceri termina con el ruido de su motor! ¡Almaceri 348, el anticorrosivo líquido amigo del motor de su coche! ¡No lo olvide! Búsquelo en...
—¡Un momento, Cabrini! Vino el centro, saltó un hombre, un cabezazo, rebota el esférico, sale del área, surge Peñalba, otro golpe de cabeza, va al suelo Tomé, nuevamente Peñalba llega, cruza, pelea. ¡Un león, Peñalba! Salta Romano, cuidado, ahí está, le va a pegar... ¡Qué lástima, Cattamarancio!... Llegó, apuntó, midió, le metió un derechazo tremendo y la mandó apenas rozando una de las torres de iluminación, para ser más preciso la que da a espaldas de la Figueroa Alcorta.
—Se lo perdió Cattamarancio. Llegó muy bien a esa pelota alejada por Peñalba, le pegó de zurda y la tiró a las nubes. Lo habíamos dicho.
—Estaba el gol ahí.
—Estaba el gol.
—¡Qué bien, Peñalba! ¿No, Rodríguez Arias?
—Usted lo ha dicho, Ortiz Acosta. Excelente el uruguayo, un jugadorazo.
—¡Qué estampa, qué figura, qué manera de pararse en la cancha! ¿Sabe a quién me hace acordar, Rodríguez Arias? A aquél que fuera extraordinario fulback de Racing y nuestra selección... ahora su nombre no viene a mi memoria... ¿Cómo es que se llamaba? Qué hacía pareja con Alejo Marcial Benítez, el “Sapo” Benítez, la misma forma de pararse, hasta el mismo peinado tiene, vea...
—¿Saúl Mariatti, dice usted?
—No, no Cabrini. ¿Cómo era este muchacho? Que tantas veces luciera la blanquiceleste, averígüeme Cabrini; le digo más, atajaba Delfín Adalberto Landi para la institución de Avellaneda en esa época...
—Le averiguo, Ortiz Acosta.
—Y actíveme la comunicación con Petrogrado, Cabrini. En pocos minutos tendremos contacto con la ciudad soviética de Petrogrado, allá en la fría tundra del gran país socialista. En pocos minutos, señores. ¡Se nubló sobre el Monumental de Núñez, qué feo se ha puesto el día, cayeron las sombras sobre el estadio de River, pero el público no deja por eso de vivir intensamente esta fiesta del deporte porque el fútbol es la pasión argentina dominguera que nos aleja al menos por un día de los problemas cotidianos, porque no sólo ya el hombre de la casa disfruta de este espectáculo sino que también las mujeres y los niños, la familia argentina plena goza de esta fiesta hebdomanaria y porque, ¡se animó el partido, Rodríguez Arias!
—Usted lo ha dicho, Ortiz Acosta. Se fue River arriba empujado por el temperamento, la fuerza y la petulancia de Sebastián Artemio Tomé.
—Con la pelota Ignacio Surbián avanza el rubio mediovolante de la visita, cruza la línea demarcatoria de medio campo, pelotazo para el puntero derecho, no va a llegar, no va a llegar, no va a llegar y no llegó. No llegó Falduchi a esa pelota. Jugó un tiempo en Racing y luego pasó a Atlanta, si mal no recuerdo. El zaguero de la Academia cuyo nombre trato de recordar y luego pasó a Atlanta, si mal no recuerdo. El zaguero de la Academia cuyo nombre trato de recordar, luego de Racing pasó a militar en el conjunto bohemio, estoy casi seguro. Esa pelota se fue a la tribuna. Averígüeme Cabrini. Otra vez River en el ataque, ahí va Giménez, lo busca a López, pared para Giménez, se metió, se metió...
¡Qué fuerte salió Bermúdez! Va muy fuerte el misionero, algún día va a lastimar a alguien. Trabó abajo, le sacudió el tobillo al chico de la bandera roja, muy fuerte, muy fuerte el cuevero de San Lorenzo. Es para tarjeta.
—No tiene necesidad Bermúdez es un buen jugador. Lo habíamos dicho.
—Yo no sé qué le pasa a ese chico. Se enloquece en el campo de juego. Y es un muy buen muchacho fuera de la cancha. De buena familia, buenos padres, hogar bien constituido, madre comprensiva. Pero no sé, adentro se transforma... ¡Cabrini!
—¡A correr, a saltar, a “Monigote” no le van a ganar! Ropa para niños “Monigote”, la línea que lo aguanta todo. Otro producto diez puntos de la afamada marca.
—¡Un momento, Cabrini, que se va a ejecutar el tiro libre y hay sumo riesgo para la valla defendida por Guillermo Rubén Magrín, el muchacho de Tres Arroyos! Se forma la barrera con dos, tres, seis hombres, imponente esa barrera, una verdadera muralla, el balón descansa aparentemente tranquilo a unos... 23 metros del arco en línea casi recta al entrecejo del golquíper azulgrana.
—Lindo tiro para García Mainetti.
—Para García Mainetti o Giménez. Los dos le pegan bien. Por favor Cabrini, averígüeme. Este zaguero de Racing que le digo, también formó pareja con Anastasio Rico, un tres que pasó por Boca y que luego brillara tantos años en el fútbol colombiano.
—¿Pablo Eleuterio Mercante?
—No, Mercante no, no. ¿Cómo se llamaba este muchacho? ¿Ya está la comunicación con Petrogrado? ¿Ya está la comunicación con Petrogrado? ¿Ya la tenemos?
—Todavía no, Ortiz Acosta.
—Va a tirar García Mainetti, hay peligro, hay peligro, aroma de gol en el estadio, atención, atención... ¿Cómo se llamaba este muchacho que jugaba con Alejo Benítez? Me parece estar viéndolo, alto, rubio, venía de Excursionistas. ¿No tenemos la comunicación con Petrogrado? todavía no la tenemos, están haciendo esfuerzos los muchachos de la estación terreno de Balcarce, gracias muchachos, no es responsabilidad de ellos, hay peligro en este disparo, es problema de la estación receptora de Quito, Ecuador o tal vez del radioenlace de Ciudad del Cabo... ¿Ya lo tenemos, Cabrini?
—Un momento, Ortiz Acosta, nos informan desde...
—¡La pelota pegó en el palo, rebota, se salvó San Lorenzo, un bombazo, entra López, remata, pega en un hombre, cuidado, puede ser...! ¡Qué lástima, Cattamarancio! Llegó a la carrera ante ese rebote corto, le pegó de volea como venía y estremeció el Autotrol de un pelotazo...
—Entró bien Cattamarancio con el olfato clásico de los goleadores, se apuró a darle, le pegó con un fierro y abolló el cartel indicador.
—Lesionado Peñalba, Ortiz Acosta.
—Lesionado Peñalba, lesionado Peñalba. Quedó en el suelo Peñalba, atención esto puede ser importante, hombre fundamental en el esquema de San Lorenzo, está en el suelo, se toma la pierna...
—Pierna derecha...
—Pierna derecha, puede ser aductor, o gemelo, vamos a ver, averigüemé Cabrini, jurgo detenido, esperemos que no sea nada, corren los auxilios. Este muchacho que hacía pareja con Alejo Benítez, luego de revistar en Atlanta, pasó al Cúcuta de Colombia cuando era técnico Isidro Mendoza, el “Colorado” Mendoza. ¿Usted no lo recuerda, Rodríguez Arias?
—¿El Pardo Sabiña?
—No. No. Este era rubio, alto, buen físico. ¿Cómo se llamaba este muchacho? Parece mentira, pequeñas trampas que nos hace la memoria, sigue el juego, ataca San Lorenzo, se viene Grafigna, creo que el apellido empezaba con “hache”, un apellido polaco o algo así, se tiró a la punta, busca el desborde Manuel Carrizo, muy veloz, la tiró para adelante y a correr, si la alcanza hay peligro, cuidado, cuidado... ¿Tenemos la comunicación con Petrogrado, ya la tenemos? ¡Tenemos la comunicación con Petrogrado, ya la tenemos? ¡Tenemos la comunicación con Petrogrado, adelante don Urbano Javier Ochoa, desde Petrogrado, adelante don Urbano Javier Ochoa!
—...
—¿Qué pasa?... Algo pasa... No se oye... ¿Se cortó?
—¿Ortiz Acosta?... Sí... ¿Ortiz Acosta?
—¡Don Urbano Javier Ochoa, Ortiz Acosta le habla desde el estadio de River, están jugando River y San Lorenzo, 15 minutos del segundo período y empatan sin goles, señor Ochoa!
—Muy bien... yo estoy muy bien, pero...
—El pueblo argentino quiere saber, señor Ochoa, quiere que nos cuente, cómo ha sido hasta el momento ese raid que usted está llevando a cabo a lomo de dos caballos argentinos, dos caballitos argentinos como fueran aún en la memoria y el orgullo de todos nosotros. Y que nos cuente además, señor Ochoa, cómo ha sido ese viaje que tras cruzar el Estrecho de bering lo ha llevado a la tundra soviética, señor Ochoa...
—Bueno, Ortiz Acoste, yo estoy...
—Los argentinos, quiero adelantarle, señor Ochoa, y perdone que lo interrumpa, estamos muy pero muy orgullosos y asombrados de que en esta época de los vuelos interespaciales y las comunicaciones maravillosas que nos unen con todos los confines más remotos del planeta, un hombre, un gaucho nuestro, se lance a la aventura de unir San Antonio de Areco con Stalingrado...
—Bueno, señor Ortiz Acosta, yo...
—Un momento, amigo Ochoa, un momento, acá lo dejo con Peñalba, recio pero leal cuevero de San Lorenzo de Almagro, quien en estos momentos se encuentra lesionado al costado del campo de juego y a quien ya, ya, nuestro colaborador, Miguel Horacio Cabrini, le coloca los auriculares y lo deja conversando con usted. Explíquele a él las características de esos dos maravillosos caballos argentinos que lo están llevando a usted por todos los rincones del mundo proclamando a los hombres de buena voluntad el firme e indoblegable temple de los jinetes de nuestra tierra.
—Cómo no, señor Ortiz Acosta, pero yo...
—¿Cómo le va, señor Ochoa?
—Bien, bien, yo querría...
—Bueno, acá el partido se ha puesto un poco duro, yo recibí un golpe en la canilla, creo que fue el trabar con el ocho de ellos, no hubo mala intención, son cosas que suceden en el ardor del juego...
—Sí, por supuesto, amigo... ehh...
—Peñalba, Eber Virgilio Peñalba.
—Sí, amigo Peñalba, yo no tengo el gusto de haberlo visto jugar a usted porque cuando yo salí de San Antonio de Areco, hace ya de esto unos...
—¡Ochoa! ¡Don Urbano! Ortiz Acosta le habla... ¿Está muy frío allá?
—¿Acá? Bueno, señor Ortiz Acosta, el problema en estos momentos no es tanto el frío, usted sabe que...
—Porque yo recuerdo que cuando fuimos con la selección argentina, hace unos años, hacía realmente mucho pero mucho frío...
—Bueno, sí, es cierto, señor Ortiz Acosta, pero...
—Lo dejo de nuevo con Peñalba, señor Ochoa, explíquele a él, por favor, el efecto que ha causado ese clima tan duro, tan difícil de sobrellevar, en los dos caballitos argentinos que le están posibilitando a usted ingresar por la puerta grande de la historia de la hípica nacional.
—¿Cómo le va, señor Ochoa?
—Bien, amigo Peñalba, como le decía al amigo...
—No. No habla Peñalba, yo soy Escudero, el masajista de San Lorenzo. Peñalba ha vuelto a jugar y me pasó los auriculares...
—Mucho gusto, señor Escudero, yo...
—¡Don Urbano, don Urbano! Ortiz Acosta lo interrumpe, dígame usted con esa proverbial memoria del criollo de nuestra tierra que lo hace recordar hasta los más mínimos detalles ya sean históricos o geográficos, y ahí está el ejemplo siempre presente de los baqueanos, yo le quería preguntar, don Urbano, si usted no recuerda el nombre de aquel zaguero que hiciera pareja con Alejo Marcial Benítez en Racing, que luego fuera transferido a Atlanta, allá por el año...
—Bueno, amigo Ortiz Acosta, para serle sincero yo...
—Tal vez estoy abusando de su sapiencia, don Urbano...
—No, lo que pasa es que yo quería contarle algo que...
—¡A ver... ¡Un momentito, don Urbano, un momentito! Creo que ya tenemos comunicación con Tonopah, en el estado de Nevada, Estados Unidos de Norteamérica. Creo que ya la tenemos. Un momentito... ¡Sí, sí, adelante señor Santiago Collar desde Tonopah, Estados Unidos de Norteamérica, adelante!
—Buenas tardes, Ortiz Acosta.
—Buenas tardes, buenas tardes, amigo Collar, aunque para ustedes, calculo debe ser ya de noche en el gran país del norte! ¡Señor Collar, lo voy a poner en contacto con un gaucho argentino, un criollo de ley, que en estos momentos está cumpliendo un raid, una verdadera hazaña a lomo de dos caballos argentinos y que habla con usted desde la ciudad de Petrogrado en Rusia!
—Cómo no, señor Ortiz Acosta, será un placer para mí y además...
—Atención en Petrogrado, don Urbano Javier Ochoa, lo dejo conversando con el señor Santiago Collar, un relevante ingeniero argentino que se encuentra trabajando en los yacimientos carboníferos de Tonopah, Nevada, 150 metros bajo tierra. El ingeniero Collar es presidente de la “Peña Argentina Amigos de Radio Laboral” agrupación formada totalmente por mineros compatriotas nuestros que están trabajando allá en esas formidables vetas carboníferas y que se reúnen religiosamente, don Urbano, para escuchar los encuentros de fútbol que Radio Laboral les hace llegar hasta las oscuras profundidades del socavón. ¡Adelante, adelante ustedes, señor Santiago Collar, desde Tonopah!
—¿Cómo le va, señor Ochoa? Es para mí una gran emoción...
—Perdón. Escudero lo escucha, señor Collar, el masajista de San Lorenzo.
—Mucho gusto, señor Escudero, bueno, sería interesante si yo pudiera hablar con el señor Ochoa, allá en Rusia...
—¡Adelante, señor Ochoa desde Petrogrado, adelante!
—Bueno, amigo Ortiz Acosta, lo que yo quería comentarle desde acá, desde Petrogrado, es que está sucediendo algo extraño. La gente acá está muy asustada, ha habido varias explosiones atómicas, han caído misiles sobre muchas ciudades rusas, sa habla de un ataque nuclear norteamericano, y a decir verdad, señor Ortiz Acosta, yo también estoy bastante asustado, mis animales están nerviosos, no se sabe bien qué pasa...
—¡Qué pena, don Urbano, qué pena, qué pena que nos da todo esto que usted nos cuenta, realmente nos aflige como argentinos, esa situación que usted está viviendo ante la intemperancia que reina en algunas regiones del mundo por las cuales usted está transitando como verdadero símbolo de paz, tranquilamente!
—Sí, amigo Ortiz Acosta, se dice que el aire está contaminado...
—¡Un momentito, un momentito, don Urbano, que acá avanza River, puede haber peligro, se van en contraataque el conjunto de la banda roja, entró al área Menegussi, midió, tiró, la pelota cruza frente a los palos, llega el once, cuidado...! ¡Qué lástima, Cattamarancio! Solo frente a los palos la quiso reventar y en lugar de tocarla la fusiló sobre la bandeja alta...
—Es de no creer, Ortiz Acosta. Con todo el arco a su disposición, el wing izquierdo millonario la tiró a cualquier parte. Lo habíamos dicho.
—¡No quiera creer usted el gol que perdió Cattamarancio, amigo Collar, allá en Estados Unidos! ¡Adelante usted!
—Gracias Ortiz Acosta, yo quería aprovechar la posibilidad que tan gentilmente nos brinda su emisora, porque aquí a mi lado se encuentra ni más ni menos que el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Acá está sucediendo algo terrible, señor Ortiz Acosta, ha habido un ataque nuclear soviético, muchas de las grandes ciudades están destruidas, el presidente de los Estados Unidos, junto a algunos otros hombres de gobierno, se ha refugiado acá, junto a nosotros, bajo tierra, y me piden, dado que todos los otros medios de comunicación parecen estar inutilizados, si aprovechando la presencia de don Urbano en Rusia, no se podría hablar con Moscú y resolver esto, que parece haber sido un gran error.
—Por supuesto, no habrá problemas, señor Collar. Dígale al presidente que espere un momentito, enseguida estamos con él... ¡Cabrini!
—¡Un esplandor de frescura en la garganta “Marcador” el masticable que se anotó un golazo en el gusto del hincha argentino! ¡“Marcador” quita la sed, quita las ganas de fumar, baja la presión arterial!
—Enseguida estamos con el ingeniero Collar y el presidente de los Estados Unidos, apenas venga este tiro de esquina, una de las últimas posibilidades de empatar para la divisa azulgrana. ¡Qué pena, qué pena esto que nos cuentan tanto el ingeniero Collar como don Urbano Javier Ochoa desde el exterior!
¡Cómo hubiésemos querido no tener que escuchar estas cosas, estas muestras de intemperancia! ¡Tal vez así sepamos apreciar un poco más, señores, lo que estamos viviendo acá, en cancha de River, una verdadera fiesta popular en un marco de corrección y tranquilidad que no siempre sabemos valorar en la medida que se merece...
—¡Señor Ortiz Acosta, señor Ortiz Acosta! ¡Collar lo llama, por favor, Ortiz Acosta...
—Un momentito, amigo Collar, un momentito, viene el corner, ya lo vamos a conectar con Rusia, veremos la posibilidad de contactar a ambos presidentes, sería muy interesante una charla entre los presidentes de ambas instituciones, no sabemos si habrá tiempo porque acá sigue el partido a ritmo vertiginoso y la acendrada rivalidad de este clásico de todos los tiempos es un tema excluyente de cualquier otro, máxime cuando se trata de hechos tan desagradables como los que nos han contado, va a venir el corner, atención, en todo caso grabamos la emisión desde los EE.UU. y la pasamos mañana en nuestra polémica de los lunes, entra Marcilla...
—¡Ortiz Acosta, Ortiz Acosta!
—Sube también Julio Jorge Tolesco, hay un micrófono de campo abierto, es la última oportunidad quizás para San Lorenzo, vamos muchachos, se está poniendo muy fea la tarde, el Tolesco, salta Cattamarancio...cielo se ha puesto de un extraño color verde, un verde que nos hace acordar que tenemos un llamado desde cancha de Ferro, atención Ferro, cuando venga el corner estamos con ustedes, viene el corner, entra
 

·
Honourable Mention, October 2011 Photo Contest
Joined
·
18,041 Posts
Discussion Starter · #3 ·
..and another...

Wilmar Everton Cardaña, número 5 de Peñarol.
Roberto Fontanarrosa

Porque yo lo conoci a Cardaña. Y porque lo conoci a Cardaña puedo afirmar que mucho se equivocan aquellos que juzgaron o juzgan al aspero centrehalf peñarolense a traves de la imagen recogida en los campos de juego.
Yo se que es dificil imaginar, suponer, adivinar, una personalidad tierna y sensible escondida tras la carnadura hosca y prepotente del capitan de los aurinegros. Yo entiendo que no es sencillo intuir el gesto amable o la frase cordial en un hombre que hizo del encontronazo cruel, la pierna arriba o el gesto acerbo, una marca personal e indeleble a lo largo de su prolongada campaña. A lo sumo, admito, era factible entrever en el la grandeza, el coraje y una hombria de bien reconocida incluso por aquellos que fueron sus victimas, encarnizados rivales o detractores.
Pero yo lo conoci a Cardaña y creo que fui uno de los pocos privilegiados que pudo compartir su circulo aulico, cimentado en el respeto mutuo y los afectos sobreentendidos. Y fue ese respeto, ese sobreentendido. el que me permitio ser testigo de un hecho, de una anecdota, que echa por tierra el equivocado concepto de considerar a Wilmar Everton Cardaña como un mero cacique huraño, un rispido patron de la media cancha, temido y evitado por los rivales. Cuantas veces el insulto hiriente, el epiteto injusto, el cantico soez, cayo desde la graderia rival sobre la humanidad generosa de mi amigo! Sin duda alguna, muchos de aquellos que ayer desgranaron los mas pesados e injuriosos improperios contra Wilmar Everton Cardaña se sentiran incomodos o arrepentidos al finalizar de leer esta nota que revela la otra cara del idolo deportivo. Cuanta nobleza habitaba el pecho inconmensurable de Wilmar! Cuanto valor civico podia esconderse bajo el glorioso numero cinco prendido a la mirasol peñarolense, ya fuera sobre el cesped del Estadio Centenario, en cualquier campo de la vecina Buenos Aires, o en la grama misma de tantos y tantos estadios brasileños donde los fragiles y siempre pusilanimes morenos le temian como a una figura mitologica !
No por nada, mi amigo y colega Pablo Aladino Puseya, inolvidable periodista, desaparecido ya, que supo firmar sus columnas en "El Tero Alerta" de Rocha con el ingenioso pseudonimo de "Banderin de Corner", bautizo a Cardaña como "El Hombre". Asi, a secas, con mayusculas, porque supo advertir en Cardaña al luchador indoblegable, al deportista cabal de verguenza invicta, mas alla de la circunstancial controversia sobre un puntapie a destiempo o una fractura expuesta. Tiempo despues, algun picaro modifico el apelativo para extenderlo a "El Hombre de Roble", lo que, en si, parecia configurar un elogio a la increible solidez de sus piernas ligeramente chuecas, pero que en verdad escamoteaba la verdadera intencion del apodo, que aproximaba a Cardan~a a la infame condicion de "tronco". Lo avieso de la maniobra lo certifica el hecho de que esta deformacion de su apodo fue adaptada velozmente por los seguidores de Nacional. Y no quedo alli la cosa, porque despues de aquel desgraciado incidente con Fanego (el veloz punterito de Huracan Buceo que se destrozara una clavicula contra el alambrado olimpico en un cruce fortuito con Cardaña) parte de un periodismo no propiamente imparcial, paso a llamarlo "El Hombre de Neanderthal". Quisiera que esta anecdota, que puedo contar dado el particular contacto que tuve con el caudillo indiscutible de Peñarol, eche algo de luz sobre la "leyenda negra" que sobre el se derramara desaprensivamente. A mucho tiempo de los hechos, pienso que el mismo Cardaña, refugiado hoy en la paz y el reposo de su hogar en Treinta y Tres, me perdonara que refiera lo ocurrido en circunstancias de aquella historica final del 54, tema que el, por pudor y humildad, jamas quiso develar. Puede que el relato aporte tambien nuevas referencias a los amigos tangueros, ya que lo sucedido en torno a esa final inolvidable fue inmortalizado en un tango que, precisamente, lleva por nombre "La numero cinco". La anecdota revelara que el titulo de la pieza se refiere a la casquivana pelota de futbol, y no al numero que lucia la camiseta de Wilmar Everton Cardaña sobre sus dorsales, ni al que identificaba (este fue un rumor poco serio y malintencionado) a una damisela aspirante al trono de "Miss Paysandu" y por quien, dicen, suspiraba el inspirado compositor de tangos.
Aquella mañana del 3 de noviembre de 1954 llegue al hotel Olinto Gallo, donde se alojaba habitualmente el plantel de Peñarol, palpitando encontrarme con un clima de nervios y tension, acorde con la magnitud del gran encontronazo final con el clasico enemigo de todos los tiempos: Nacional. Habia una efervescencia formidable en Montevideo y los tamborines de la murga "Los que pelan la chaucha" no habian dejado de atronar el barrio de La Tumba en toda la noche. Sin embargo, me halle con un grupo de muchachos --jugadores, tecnicos y dirigentes-- departiendo mansamente luego del desayuno, al parecer olvidados de la proximidad de la justa. Pero esa primera impresion fue efimera. Algun gesto falso, ciertas torpezas en los movimientos, un par de respuestas destempladas o el rechinar penetrante de algunas dentaduras, denotaban el crispamiento interior, el desgarro insoportable de la espera.
Pregunte por Cardaña y me contestaron que el recio capitan se habia retirado a su habitacion luego de merendar. Subi a su pieza, con la familiariedad que me conferia su actitud amistosa hacia mi, y me invito a pasar con un gruñido. Wilmar Everton Cardaña era hombre de pocas palabras, muy pocas, como todo hombre criado en el campo, entre vacas y animales poco propensos al dialogo. Creo que hasta ese dia --y ya llevabamos mas de dos años de amistad--, solo le habia contabilizado nueve palabras, monosilabicas en su mayoria. Y vale la pena consignar que mas de la mitad de ellas las habia gastado en una sola frase, previa a otro partido importante, cuando levantandose imprevistamente de una tertulia, anuncio: "Permiso, voy a ir al baño". Era asi, directo, franco, hombre de llamar al pan, pan, y al vino, vino, y no podian esperarse de el frases grandilocuentes o inflamados discursos. De mas esta decir que era la tortura de los periodistas radiales quienes, mas de una vez, debieron quitarle los auriculares sin haber obtenido de el ni un dato, ni un nombre, ni una fecha. Encontre a un Cardaña taciturno y cariacontecido, cosa que atribui a la resposabilidad del partido de la tarde. En aquella epoca no habian proliferado las lineas de ropa deportivas; por lo tanto, en las concentraciones, los players usaban sus propios atuendos a veces de gustos caprichosos o discutibles. Cardaña llevaba puesto un saco marron, colocado al reves, o sea, con la pechera sobre la espalda, lo que lo hacia parecer sujeto por un chaleco de fuerza.
--Es por el pecho-- me dijo, señalandose el cuello. Yo sabia que sufria de severas anginas de pecho. El cigarrillo --aquellos cigarritos ****** "Barbudas", de la epoca, que solia lucir detras de la oreja durante los partidos-- le habia instalado una tos seca en el pulmon derecho y una tos convulsa en el izquierdo. Parecia mentira que un hombre que fumaba como el, casi siete etiquetas por dia, pudiese tener ese despliegue incesante y depredador en el campo de juego. Cuantos jugadores de hoy en dia, con los tan mentados y publicitados sistemas de entrenamiento, dietas especiales y cuidados dignos de una odalisca quisieran poseer aquella inagotable capacidad fisica que acreditaba Cardaña, aun considerando sus excesos y descuidos! Cuantos de los señoritos de hoy en dia, atentos siempre a sus peinados y manicuras, se hubieran atrevido a mostrarse a la prensa en saco de calle vuelto del reves, camiseta musculosa debajo y pantalon pijama, sin temor a ser el hazmerreir o al escarnio!
En la misma habitacion de Cardaña estaba Nelson Amadeus Farragudo, aquel implacable marcador de punta, el del gol agonico al Wanderers en el 49, de sombrero de fieltro sobre los ojos, tomando mate. Le decian "El Buitre" Farragudo, no solo por la nauseabunda peladura de su cuello, sino porque, cual la conocida ave carroñera, era quien caia sobre los restos de las victimas de Cardaña, cuando este recibia a los delanteros rivales por el medio de la cancha. Por la mustia actitud de Farragudo --mitigaba el sonido del mate cubriendose la cabeza con una toalla-- comprendi que algo no andaba bien en mi amigo, su compañero de pieza, el legendario centrehalf peñarolense.
Por si no lo he dicho, Wilson Everton Cardaña tenia una cara de rasgos grandes, muy marcados. Las cejas, negras y pobladas, se juntaban sobre el puente de la nariz. Los ojos, sin ser bellos, eran saltones y parecian querer fugarse por debajo de unos parpados gruesos, de piel porosa como la de los citrus. La nariz era prominente, larga, carnosa, de aletas amplias. La boca se abultaba bajo el bigote generoso y se alargaba hacia los costados, pareciendo que las comisuras profundas podian alcanzar los peludos lobulos de las orejas, tambien enormes. Entre estos lobulos y la boca, sin embargo, se interponian dos ondonadas como tajos, arrancando desde los pomulos protuberantes para bajar y delimitar con claridad el menton avanzado y desfiante. Daba la impresion de que uno podia tomar esa porcion inferior de la cara, por aquellos surcos que partian de las mejillas, y quitarla de alli, como si fuese un aditamento plastico removible. Habia en ese rostro algo perturbador y obsceno pero, al mismo tiempo, sobrecogedor. Era como contemplar un fiordo inmemorial, un precipicio de roca desnuda, el magma primigenio. Era asomarse al inicio de la naturaleza. Y ese rostro, aquel dia, estaba transfigurado.
Consciente Cardaña de que yo habia percibido ese clima extraño y dislocado, fue hasta una comoda y saco algo de uno de los cajones. Pronto se me acerco con la facilidad que le daba nuestra confianza mutua, y me extendio una hoja de papel azul.
--Es una carta-- me aclaro.
Lei la carta y, en ella, con una letra despareja, salpicada de errores ortograficos, decia: "Soy casi un niño y, desde hace mucho tiempo, me hallo encerrado en una oscura sala del Hospital Muñoz. Padezco de un mal reversible y, por eso mismo, no estare el domingo en el estadio para alentar al glorioso Peñarol. Si no es mucho pedir, me haria muy feliz tener en mis manos la pelota con que se juege el encuentro, firmada por todo el plantel mirasol. Si es necesario pagar, adjunteme la factura, que oblare gustoso con dinero que he ahorrado privandome de la medicacion. Suyo, Jose Petunio Invenianto, cama 747."
Confieso que termine de leer aquella carta con los ojos nublados por el llanto. Cuantos purretes de hoy en dia, deslumbrados por el artificio de la tecnologia y la banalidad de la computacion, serian capaces de solicitar a su idolo deportivo el humilde y significativo obsequio de una pelota? Cuantos niños de la actualidad, engañados por la urgencia de una sociedad que no sabe de la pausa para la charla amable o la reflexion, tendrian la delicada paciencia de solicitar la pelota para "despues" del partido y no para "antes" del mismo, con todos los inconvenientes que esa voracidad podria provocar en la popular justa? Pero mi sorpresa fue inmensa y total cuando alce los ojos. Alli, delante mio, Wilson Everton Cardaña, "El Hombre", "El Capitan Invicto", "El Hacha" Cardaña estaba llorando. Aquel que hiciera callar de un solo chistido a 150.000 brasileños aterrados en el estadio Pacaembu, cuando la final de la Copa Roca! Aquel que se bajo los pantaloncitos y el canzoncillo punzo para mostrar sus testiculos velludos, uruguayos y celestes a la Reina Isabel en el mismisimo estadio de Wembley! Aquel que ya a los ocho años quebrara en tres partes el tabique nasal a su porfesora de musica en la escuelita sanducense... estaba llorando! Esta cartita escrita sobre el burdo papel azul por aquel botija preso en la fria sala del Hospital Muñoz habia hecho el milagro de ablandar el corazon, en apariencia fiero, del granitico centrehalf de Peñarol y la seleccion uruguaya.
No abundare en detalles ni cedere a la tentacion periodistica de recordar los avatares de aquel partido memorable que termino con el resultado por todos conocido. Calle la historia por mi presenciada en la habitacion de Cardaña, por pudor y por prudencia, consciente de que no saldria de mis labios ese relato, como asi tampoco de los del "Buitre" Farragudo, austero en su vocabulario como en su manejo del balon.
El lunes, al dia siguiente del encuentro, acudi al Hospital Marcelo Muñoz, a ser testigo del final de la historia. Esperaba hallar alli tan solo a Cardaña pero cuan grande seria mi sorpresa al ver a las puertas de nosocomio el plantel integro de Peñarol, algunos aun con la camiseta puesta bajo el saco, deseosos de cumplir con el pedido postal! Y lo increible, lo conmovedor, es que no se habian reunido alli por un acuerdo previo o concertado. Uno a uno, por su propia cuenta, con la misma coordinacion que ponian en el campo de juego para implementar la ley del off-side o presionar a un juez de linea, habian llegado hasta el Muñoz para acompañar al capitan en la entrega del preciado regalo! Cuanto planteles de la actualidad, ahitos de dinero y fama facil, serian capaces de repetir aquella escena, aquella convocatoria, llevada a cabo por hombres simples y cabales, deportista que no conocian los devaneos en torno a contratos fabulosos ni los desplantes exigentes por unas cuantas monedas de oro, antes de comenzar algun encuentro?
Y entonces fue el sinceramiento. Ante esa presencia masiva y espontanea, frente a tanta humanidad enternecida, Wilson Everton Cardaña no aguanto mas y lloro como una criatura. Lo segui yo y luego el plantel. LLoramos abrazados sin avergonzarnos de los facultativos que nos miraban con cierta curiosidad o de los transeuntes que acertaban a pasar por el lugar. Algun periodista, mal periodista, arriesgo luego la mezquina version que el plantel de Peñarol lloraba aun el lunes la ignominia de la abultada derrota, soslayando el hecho irrefutable de que se trataba tan solo de un acto de amor y desprendimiento. Cuantos periodistas de hoy en dia, mercenarios que ponen su pluma al servicio de quien mas paga, habrian hecho exactamente lo mismo que aquel sicario de la prensa amarilla!
Desahogados en parte, pero aun tremulos por lo tocante de la escena, pudimos seguir rumbo a la sala 2, media hora mas tarde. Adelante, Cardaña, con la numero cinco entre sus manos enormes. Atras, yo y el plantel, encolumnados en un remedo de la tantas veces repetida entrada a la cancha.
Y quiero ser cauteloso al narrar lo que sucedio despues, ya que tuvo ciertos rasgos sorpresivos e inesperados. Como asi tambien advertir al lector que mi fidelidad al relato me obliga al uso de palabras que no son de mi predileccion, a pesar de ser moneda corriente en la via publica.
Fue casi simultaneo entrar en la sala 2 e individualizar al pequeño que habia solicitado el obsequio. Tendria doce, trece años y, cubierto por un camison blanco de tela basta, se hallaba de pie sobre su cama, expectante, mirando hacia la puerta como si nos hubiese adivinado. Tal vez el revuelo de enfermeras y doctores lo alerto, quizas la intuicion infantil, o tal vez el hecho de que, nosotros, nos acercabamos cruzando los largos y umbrosos pasillos cantando la Marcha del Deporte. Parecio no dar credito a lo que veian sus ojos, las pupilas se le empañaron y comenzo a temblar como atacado por la fiebre. Impresionado, Cardaña se acerco a el y le entrego la pelota firmada por todos. El pibe la miro, nos miro a nosotros, volvio a mirar la pelota, nos volvio a mirar a nosotros y finalmente grito:
--Hijos de puta! Como pueden perder con eso chotos de Nacional?
Confieso que nos quedamos estupefactos, helados por lo sorpresivo de la agresion.
--Como carajo puede ser que esos putos nos hagan cuatro goles?-- siguio gritando el imberbe, ya absolutamente desaforado, roja la cara, las venas del cuello tensas, como a punto de estallar--. Hijos de mil putas! Troncos de mierda! Metanse la pelota en el culo!
Y, acto seguido, arrojo el balon al rostro de Cardaña, estrellandolo contra su nariz. Vi palidecer al capitan y temi lo peor.
--Vendidos!-- seguia, para colmo, el botija-- Se vendieron como unos miserables! Cuanta guita les pusieron para ir para atras, guachos de mierda?
Vi a Cardaña dar un paso hacia el muchacho y supe que no podria contenerlo.
--Cagones!--vocifero el chico, empinandose hasta caer, casi, de la cama--. Maricones! Vayan a trabajar, ladrones!
Adverti, en el ultimo instante, el brillo asesino de tigre en los ojos de Cardaña, el mismo que habia apreciado tantas veces en las inmediaciones del area, y supe que atacaba. Se lanzo con los dos pies hacia adelante en la temida "patada voladora" y alcanzo al muchacho en pleno torax, de la misma forma que puso fin a la carrera de Alberto Ignacio Murinigo, el prometedor numero nueve del River Plate. Cayeron los dos del otro lado de la cama y, sobre ellos, se abalanzo una docena de enfermeros que se habian acercado atraidos por los gritos del botija.
Salimos destrozados del Muñoz. Los muchachos de Peñarol, heridos hasta lo mas recondito por la injusticia de los agravios recibidos. Yo, por lo estremecedor de la escena presenciada.
Al dia siguiente, un medico de guardia me informo que el chico tenia cuatro costillas fisuradas, lo que obligaria a prolongar su internacion seis meses mas. Tambien me dijo que el botija padecia de una calvicie irreversible, y que habia solicitado permanecer internado a los efectos de no concurrir a una escuela tecnica que detestaba. Que era un buen chico, en verdad muy hincha de Peñarol y que, meses atras, se habia hecho regalar un planeador firmado por un diestro del volovelismo que habia batido un record sudamericano.
Muy pocos conocen esta anecdota, ya que una conjura de silencio se cernio en torno a ella. Yo me abrigue en el secreto profesional para no revelarla. El plantel de Peñarol callo el suceso por un natural prurito del deportista derrotado y en cuanto al agresivo muchacho, tengo informacion de que aun sigue en el mismo hospital, aunque ahora con el cargo de "jefe de enfermeras". Wilmar Everton Cardaña siguio jugando, desparramando coraje y sangre charrua en cuanto campo de juego le toco en suerte asolar. Siguio acrecentando su fama de guapeza y virilidad sin limites. Siguio mostrando, en suma, una sola de sus dos caras o facetas: la del energico, petreo y filoso centrehalf de los de aquellos tiempos.
Apenas un puñado de sus mas intimos guarda, como un tesoro, el secreto de aquellas lagrimas que supo derramar ante el conmovedor y sencillo pedido de un niño.
 

·
Honourable Mention, October 2011 Photo Contest
Joined
·
18,041 Posts
Discussion Starter · #4 ·
...and other...


19 de diciembre de 1971

Sí yo sé que ahora hay quienes dicen que fuimos unos hijos de puta por lo que hicimos con el viejo Casale, yo sé. Nunca falta gente así. Pero ahora es fácil decirlo, ahora es fácil. Pero habla que estar esos días en Rosario para entender el fato, mi viejo, que hablar al pedo ahora habla cualquiera.
Yo no sé si vos te acordás lo que era Rosario en esos días anteriores al partido. ¡Y qué te digo “esos días”! ¡Desde semanas antes ya se venía hablando, del partido y la ciudad era una caldera, porque eso era lo que era la ciudad! Claro, los que ahora hablan son esos turros que después vos los veías por la calle gritando y saltando como unos desgraciados, festejando en pedo a los gritos y después ahora te salen con que son... ¿qué son?... moralistas... ¿De qué se la tiran, hijos de mil putas? Ahora son todos piolas, es muy fácil hablar. Pero si vos vieras lo que era la ciudad en esos días, hennano, prendías un fósforo y volaba todo a la mierda. No se hablaba de otra cosa en los boliches, en la calle, en cualquier parte. Saltaban chispas, te aseguro. Y la cosa arrancó con el fato de las cábalas. O mejor dicho, de los maleficios.
—Hay que entender que no era un partido cualquiera, hermano, era una final final. Porque si bien era una semifinal, el que ganaba después venía a jugar a Rosario y le rompía el culo a cualquiera. Fuera Central como Ñul, acá le hacía la fiesta a cualquiera. ¡Y cómo estaban los lepra! ¡Eso, eso tendrían que acordarse ahora los que hablan al reverendo pedo y nos vienen a romper las pelotas con el asunto del viejo Casale! ¿No se acuerdan esos turros cómo estaban los lepra? ¿No se acuerdan ahora, mi viejo? Había que aguantarlos porque se corrían una fija, pero una fija se corrían, hermano, que hasta creo que se pensaban que nos iban a llenar la canasta. No que sólo nos iban a hacer la colita sino que además nos iban a meter cinco, en el Monumental y para latelevisión. ¡Pero por qué no se van a la concha de su madre! ¡Qué mierda nos van a hacer cinco esos culosroto! ¡Así se la comieron doblada! ¡Qué pija que tienen desde ese día y no se la pueden sacar!
Pero la verdad, la verdad, hermano, con una mano en el corazón, que tenían un equipazo, pero un equipazo, de padre y señor mío.
Hay que reconocerlo. Porque jugaban que daba gusto, el buen toque y te abrochaban bien abrochado. Estaba Zanabria, el Marito Zanabria; el Mono Obberti ¡Dios querido, el Mono Obberti, qué jugador! Silva el que era de Lanús, el albañil. ¡Montes! Montes de cinco; Santamaría el Cucurucho Santamaría, qué sé yo, era un equipazo, un equipazo hay que reconocer, y la lepra se corría una fija. ¿Sabés cuántos había en la ruta a Buenos Aires, el día del partido? Yo no sé, eran miles, millones, yo no sé de dónde habían salido tantos leprosos. Si son cuatro locos y de golpe, para ese partido, aparecieron como hormigas los desgraciados. Todos fueron. ¡Lo que era esa ruta, papito querido! Entonces, oíme, había que recurrir a cualquier cosa. Hay partidos que no podés perder, tenés que ganar o ganar. No hay tutía. Entonces si a mí me decían que tenía que matar a mi vieja, que había que hacer cagar al presidente Kennedy, me daba lo mismo, hermano. Hay partidos que no se pueden perder. ¿Y qué? ¿Te vas a dejar basurear por estos soretes para que te refrieguen después la bandera por la jeta toda la vida? No, mi viejo. Entonces, ahí, hay que recurrir a cualquier cosa. Es como cuando tenés un pariente enfermo ¿viste? tu vieja, por ejemplo, que por ahí sos capaz hasta de ir a la iglesia ¿viste? Y te digo, yo esa vez no fui a la iglesia, no fui a la iglesia porque te juro que no se me ocurrió, mirá vos, que si no... te aseguro que me confesaba y todo si servía para algo. Pero con los muchachos enganchamos con la cuestión de las brujerías, de la ruda macho, de enterrar un sapo detrás del arco de Fenoy, de tirar sal en la puerta de los jugadores de Ñubel y de todas esas cosas que siempre se habla. Por supuesto que todas las brujas del barrio ya estaban laburando en la cosa y había muñecos con camiseta de Ñubel clavados con alfileres, maldiciones pedidas por teléfono y hasta mi vieja que no manya mucho del asunto tenía un pañuelo atado desde hacía como diez días, de ésos de “Pilato, Pilato, si no gana Central en River no te desato”. Después la vieja decía que habíamos ganado por ella, pobre vieja, si hubiera sabido lo del viejo Casale, pero yo le decía que sí para no desilusionarla a la vieja.
Pero todo el fato de la ruda macho y el sapo de atrás del arco eran, qué sé yo, cosas muy generales, ya había tipos que lo estaban haciendo y además, el partido era en el Monumental y no te vas a meter en la pista olímpica a enterrar un sapo porque vas en cana con treinta cadenas y no te saca ni Dios después, hermano. Entonces, me acuerdo que empezamos con la cosa de las cábalas personales. Porque me acuerdo que estábamos en el boliche de Pedro y veníamos hablando de eso. Entonces, por ejemplo, resolvimos que a Buenos Aires íbamos a ir en el auto del Dani porque era el auto con el que habíamos ido una vez a La Plata en un partido contra Estudiantes y que habíamos ganado dos a cero. Yo iba a llevar, por supuesto, el gorrito que venía llevando a la cancha todos los últimos partidos y no me había fallado nunca el gorrito. A ése lo iba a llevar, era un gorrito milagroso ése.El Coqui iba a ir con el reloj cambiando de lugar, o sea en la muñeca derecha y no en la izquierda, porque en un partido contra no sé quién se lo había cambiado en el medio tiempo porque íbamos perdiendo y con eso empatamos.o sea, todo el mundo repasó todas las cábalas posibles como para ir bien de bien y no dejar ningún detalle suelto. te digo más, estuvimos parados en la tribuna en el partido contra Atlanta para pararnos de la misma manera en el partido contra la lepra el boludo de michi decía que él había estado detrás del Valija y el Miguelito porfiaba que el que había estado detrás del Valija era él. Mirá vos, hasta eso estudiamos antes del partido, para que veas cómo venía la mano en esos días. ¿Y sabés qué te lleva a eso, hermano, sabés qué te lleva a eso? El cagazo, hermano, el cagazo, el cagazo te lleva a hacer cualquier cosa, como lo que hicimos con el viejo Casale.
Porque si llegábamos a perder, mamita querida, nos teníamos que ir de la ciudad, mi viejo, nos teníamos que refugiar en el extranjero, te juro, no podíamos volver nunca más acá. Íbamos a perecer

esos refugiados camboyanos que se tomaron el piro en una balsa. Te juro que si perdíamos nosotros agarrábamos el “Ciudad de Rosario” y por acá, por el Paraná, nos teníamos que ir todos, millones de canallas, no sé, a Diamante, a Perú, a Cuzco, a la concha de su madre, pero acá no se iba a poder vivir nunca más con la cargada de los leprosos putos, mí viejo. Ya el Miguelito había dicho bien claro que él se la daba, que si perdíamos agarraba un bufo y se volaba la sabiola y te digo que el Miguelito es capaz de eso y mucho más porque es loco el Miguelito, así que había que creerle. O hacerse puto, no sé quién había comentado la posibilidad de hacerse trolo y a otra cosa mariposa, darle a las plumas y salir vestido de loca por Pellegrini y no volver nunca más a la casa. Pero, te digo, nadie quería ni siquiera sentir hablar de esa Posibilidad. Ni se nombraba la palabra “derrota”.
Era como cuando se habla del cáncer, hermano. Vos ves que por ahí te dicen “la papa”, o “tiene otra cosa”, “algo malo”, pero el cangrejo, mi viejo, no te lo nombra nadie. Y ahí fue cuando sale a relucir lo del viejo Casale. El viejo Casale era el viejo del Cabezón Casale, un pibe que siempre venía al boliche y que durante años vino a la cancha con nosotros pero que ya para ese entonces se había ido a vivir al norte, a Salta creo, lo vi hace poco por acá, que estaba de paso. Y ahí fue que nos acordamos de que un día, en la casa del Cabezón, el viejo había dicho que él nunca, pero nunca, lo había visto perder a Central contra Ñul. Me acuerdo que nos había impresionado porque ese tipo era un privilegiado del destino. Aunque al principio vos te preguntas, “¿Cómo carajo hizo este tipo pata no verlo perder nunca a Central contra Ñul? ¿Qué mierda hizo? Este coso no va nunca a la cancha”. Porque, oíme alguna vez lo tuviste que ver perder, a menos que no vayás a. los clásicos. Y ojo que yo conozco muchos así, que se borran bien borrados de los clásicos. O que van en Arroyito, pero que a la cancha del Parque no van en la puta vida. Y me acuerdo que le preguntarlos eso al viejo y el viejo nos dijo que no, y nos explicó. El iba siempre, un fana de Central que ni te cuento, pero se había dado, qué sé yo, una serie de casualidades que hicieron que en un montón de partidos con Ñul él no pudiera ir por un montón de causas que ni me acuerdo. Que estaba de viaje por Misiones —el viejo era comisionista—; que ese día se había torcido un tobillo y no podía caminar, que estaba engripado, que le dolía un huevo, qué sé yo, en fin, la verdad, hermano— que el viejo la posta posta era que nunca le había tocado ver un partido en que la lepra nos hubiera roto el orto. Era un privilegiado el viejo y además, un talismán, querido, porque así como hay tipos mufa que te hacen perder partidos adonde vayan, hay otros que si vos los llevás es número puesto que tu equipo gana. No es joda. Y el viejo Casale era uno de éstos, de los ojetudos.
Entonces ahí nos dijimos “Este viejo tiene que estar en el Monumental contra Ñubel. No puede ser de otra forma. Tiene que estar”... Claro, dijimos, seguro que va a estar, si es fana de Central, canalla a muerte. Pero nos agarró como la duda viste? porque nosotros no era que lo veíamos todos los días al viejo, te digo más, desde que el Cabezón se había ido al norte a laburar, al viejo de él no lo habíamos vuelto a ver ni en la cancha, ni en la calle ni en ninguna parte. Además, el viejo ya estaba bastante veterano porque debía tener como ochenta pirulos por ese entonces. Bah, en realidad ochenta no, pero sus sesenta, sesenta y cinco años los tenía por debajo de las patas.
Entonces, con el Valija, el Colorado y el Miguelito decimos “vamos a la casa del viejo a asegurarnos que va y si no va lo llevamos atado”. Porque también podía ser que el viejo no fuera porque no tuviera guita, qué sé yo. Nosotros ya habíamos pensado en hacer una rifa a beneficio, una kermesse, cualquier cosa. El viejo tenía que ir, era una bandera, un cheque al portador.
La cuestión es que vamos a la casa y... ¿a qué no sabés con lo que nos sale el viejo? Que andaba mal del bobo y que el médico le había prohibido terminantemente ir a la cancha, mirá vos. Nos sale con eso. Que no. Que había tenido un infarto en no sé qué partido, en un partido de mierda después que una pelota pegó en un palo, que había estado muerto como media hora y lo habían salvado entre los indios con respiración artificial y masajes en el cuore, que no había clavado la guampa de puro pedo y que le había quedado tal cagazo que no había vuelto a ir a la cancha desde hacía ya, mirá lo que te digo, dos años.
¡Hacía dos años que no iba a la cancha el viejo ese! Y no era sólo que él no quería ir sino que el médico y, por supuesto, la familia, le tenían terminantemente prohibido ir, lógicamente. No sé si no le prohibían incluso escuchar los partidos por radio, no sé si no se lo prohibían, para que no le pateara el bobo, porque parece que el viejo escuchaba un pedo demasiado fuerte y se moría, tan jodido andaba. Vos le hacías ¡Uh! en la cara y el viejo partía. ¡Para qué! Te imaginás nosotros, la desesperación, porque eso era como un presagio, un anuncio del infierno, hermano, era un preanuncio de que nos iban a hacer cagar en Buenos Aires, mi viejo. Entonces empezamos a tratar de hacerle la croqueta al viejo, a convencerlo, a decirle “Pero mire, don Casale, usted tiene que estar, es una cita de honor. ¡Qué va a estar mal usted del cuore, si se lo ve cero kilómetro! Vamos, don Casale —me acuerdo que lo jodía Miguelito— ¿cuántos polvos se echa por día? usted está hecho un toro”. Pero el viejo, ni mierda, en la suya. Que no y que no.
Le decíamos que el partido iba a ser una joda, que Ñubel tenía un equipo de mierda y que ya a los quince minutos íbamos a estar tres a cero arriba, que el partido era una mera formalidad, que el gobierno ya había decidido que tenía que ganar Central para hacer feliz a mayor cantidad de gente. No sé, no sé la cantidad de boludeces que le dijimos al viejo para convencerlo. Pero el viejo nada, una piedra el hijo de puta. Para colmo ya habían empezado a rondar la mujer del viejo, madre del Cabezón, y una hermana del Cabezón, que querían saber qué carajo queríamos decirle nosotros al vicio en esa reunión, porque medio que ya se sospechaban que nosotros no íbamos para nada bueno. En resumen que el viejo nos dijo que no, que ni loco, que ni siquiera sabía si iba apoder resistir la tensión de saber que se jugaba el partido, aun sin escucharlo. Porque el viejo los diarios los leía, tan boludo no era, y sabía cómo venía la mano, cómo era la cosa, cómo formaban los equipos, suplentes, historial, antecedentes, chaquetillas, color, todo. Nos dijo más. “Ese día —nos dijo— bien temprano, antes de que empiecen a pasar los camiones y los ómnibus con la gente yendo para Buenos Aires, yo me voy a la quinta de un hermano mío que vive en Villa Diego”. No quería escuchar ni los bocinazos el viejo. “Me voy tempranito a lo de mi hermano, que a mi hermano le importa un sorete el fútbol, y me paso el día ahí, sin escuchar radio ni nada”. Porque el viejo decía y tenla razón, que si se quedaba en la casa, por más que se encerrara en un ropero, algo iba a oír, algún grito, algún gol, alguna cosa iba a oír, pobre desgraciado, y se iba a quedar ahí mismo seco en el lugar. Así que se iba a ir a radicar en la quinta de ese hermano que tenía, para borrarse del asunto.
Muy bien, muy bien. Te digo que salimos de allí hechos bosta porque veíamos que la cosa venía muy mal. Casi era ya un dato seguro como para decir que éramos boleta. Para colmo, al Valija, el día anterior le había caído una tía del campo y él se acordaba que, en un partido que perdimos con San Lorenzo, esa misma tía le había venido el día antes. Era un presagio funesto el de la tía.
Fue cuando decidimos lo del secuestro. Nos fuimos al boliche y esa noche lo charlamos muy seriamente. El Dani decía que no, que era una barbaridad, que el viejo se nos iba a morir en el viaje, o en la cancha, y después se iba a armar un quilombo que íbamos a terminar todos en cana y que, además, eso sería casi un asesinato. Pero al Dani mucha bola no le dimos porque ha sido siempre un exagerado y más que un exagerado, medio cagón el Dani. Pero nosotros estábamos bien decididos y más que nada por una cosa que dijo el Valija: el viejo estaba diez puntos. Había tenido un infarto, es cierto. Pero hay miles de tipos que han tenido un infarto y vos los ves caminando tranquilamente por la yeca y sin hacer tanto quilombo como este viejo pelotudo, con eso de meterse adentro de un ropero, o no ir a la cancha, o dejar que te rigoree la familia como la esposa y la otra, la hermana del Cabezón. Por otra parte, y vos lo sabés, los médicos son unos turros pero unos turros que se ve que lo querían hacer durar al viejo mil años para sacarle guita, hacerle experimentos y chuparle la sangre. Y además, como decía el Miguelito y eso era cierto, vos lo veías al viejo y estaba fenómeno. Con casi sesenta afios no te digo que parecía un pendejo pero andaba lo más bien. Caminaba, hablaba, se sentaba, qué sé yo, se movía. ¡Chupaba! Porque a nosotros nos convidó con Cinzano y el viejo se mandó su medidita, no te digo un vasazo pero su medidita se mandó. La cosa es que el Miguelito elaboró una teoría que te digo, aún hoy, no me parece descabellada. ¡El viejo era un curro, hermano! Un turrazo que especulaba con el fato del bobo para pasarla bien y no laburarla nunca más en la vida de Dios. Con el sover del bobo no ponía el lomo, lo atendían a cuerpo de rey y —la tenía a la vieja y a la hermana del Cabezón pendientes de él —viviendo como un bacan, el viejo. Y... ¿de qué se privaba? De algún faso; que no sé si no fasearía escondido; y de no ir a—la cancha. Fijate vos, eso era todo. Y vivía como Carolina de Mónaco el otario. Bueno, con ese argumento y lo que dijo el Colorado se resolvió todo.
El Colorado nos habló de los grandes ideales, de nuestra misión frente a la sociedad, de nuestro deber frente a las generaciones posteriores, los pendejos. Nos dijo que si ese partido se perdía, miles y miles de pendejos iban a sufrir las consecuencias. Que, para nosotros y eso era verdad, iba a ser muy duro, pero que nosotros ya estábamos jugados, que habíamos tenido lo nuestro y que, de últimas, teníamos experiencias en malos ratos y fulerías. Pero los pibes, los pendejitos de Central, ésos, iban a tener de por vida una marca en sus vidas que los iba a marcar para siempre, como un fierro caliente. Que las cargadas que iban a recibir esos pibes, esas criaturas, en la escuela, los iban a destrozar, les iban a pudrir el bocho para siempre, iban a ser una o dos generaciones de tipos hechos bolsa, disminuidos ante los leprosos, temerosos de salir a la calle o mostrarse en público. Y eso es verdad, hermano, porque yo me acuerdo lo que eran las cargadas en la escuela primaria, sobre todo.
Yo me acuerdo cuándo perdimos cinco a tres con la lepra en el Parque después de ir ganando dos a cero, cuando se vendió el Colorado Bertoldi, que todavía se estará gastando la guita, y te juro que yo por una semana no me pude levantar de la cama porque no me atrevía a ir a la escuela para no bancarme la cargada de los lepra. Los pibes son muy hijos de puta para la cargada, son muy crueles. ¿No viste cómo descuartizan bichos, que agarran una langosta y le sacan todas las patas? Son unos hijos de puta los pibes en ese sentido. Y lo que decía el Colorado era verdad. Ahora todo el mundo habla de la deuda externa, y bueno, hermano, eso era algo así como lo de la deuda externa, que por la cagada de cuatro reverendos hijos de puta que empeñaron el país, la tenemos que pagar todos y los hijos y los hijos de nuestros hijos. Y si estaba en nosotros hacer algo para que eso no pasara, había que hacerlo, mi querido. Además, como decía el Colorado, ya no era el problema de la cargada de los pendejos futbolistas, está también el fato del exitismo. Los pibes ven que gana un equipo y se hacen hinchas de ese equipo, son así, casquivanos. Son hinchas del campeón. Entonces, ponele que hubiese ganado Ñubel y... ¡a la mierda! ... de ahí en más todos los pibes se hacían de Ñubel, ponele la firma. Y no te vale de nada llevarlos a la cancha, conversarlos, hablarles del Gitano Juárez o el Flaco Menotti, ni comprarles la camiseta de Central apenas nacen. No te vale de nada. Los pendejos ven que sale River campeón y son de River. Son así. Y en ese momento no era como ahora que, mal que mal, vos los llevás al Gigante y los pibes se caen de culo. Entonces, cuando van al chiquero del Parque, por mejor equipo que pueda tener Ñul, los pibes piensan “Yo no puedo ser hincha de esta villa miseria” y se hacen de Central. Porque todo entra por los ojos y vos ves que ahora los pibes por ahí ni siquiera han visto jugar a Central o a Ñul y ya se hacen hinchas de Central por el estadio. Es otra época, los pendejos son más materialistas, yo no sé si es la televisión o qué, pero la cosa es que se van de boca con los edificios.
Entonces la cosa estaba clara, había que secuestrar al viejo Casale, o sino aguantarse que quince, veinte años depués, hoy por ejemplo, la ciudad estuviese llena de lepra sos nacidos después de ese partido, y esto hoy ¿sabés lo que sería? Beirut sería un poroto al lado de esto, hermano te juro.
El que organizó la “Operación Eichmann”, como lo llamamos, fue el Colorado. La llamamos así por ese general aleman, el torturador, que se chorearon de acá una vez los judíos ¿viste? y lo nuestro era más o menos lo mismo. El Colorado es un tipo muy cerebral, que le carbura muy bien el bocho y él organizó todo. El Colorado ya no estaba par ese entonces en la O.C.A.L.. La O.C.A.L., no sé si sabés es una organización de acá, de Rosario, que se llama así porque son iniciales, O.C.A.L “Organización Canalla Anti Lepra”. Son un grupo de ñatos como el Ku-Klux-Klan, más o menos, que se reúnen en reuniones secretas y no sé si no van con capucha y todo a las reuniones, o si queman algún leproso vivo en cada reunión. Mirá yo no sé si es requisito indispensable ser hincha de Central, pero seguro seguro, lo que tenés que hacer es odiar a los lepra. Tenés que odiar más a los lepra que lo que querés a Central.
Hacen reuniones, escriben el libro de actas, piensar maldades contra los lepra, festejan fechas patrias de partidos que les hemos ganado, tienen himnos, son como esos tipos los masones esos, que nadie sabe quiénes son. Andan con antorchas. Bueno, de la O.C.A.L., de la O.C.A.L. al Colorado lo echaron por fanático, con eso te digo todo pero es un bocho el Colorado y él fue el que organizó todo el operativo.
Y te la cuento porque es linda, te la cuento porque es linda, no sé si un día de estos no aparece en el “Selecciones” y todo. Averiguamos qué ómnibus iba para Villa Diego, adonde tenía la quinta el hermano del viejo Casale. Desde donde vivía el viejo, ahí por San Juan al mil cuatro cientos, lo único que lo dejaba en ese entonces, si mal no recuerdo, era el 305 que pasaba por la calle San Luis. O sea que el viejo tenía que tomarlo en San Luis-Paraguay o San Luis-Corrientes, no más allá de eso a menos que fuera muy pelotudo y lo fuera a tomar a Bulevar Oroño que no sé para qué mierda iba a hacer eso. Ahora, la. duda era si el viejo se iba a ir en ómnibus o en auto, porque si se iba en auto nos recagaba, pero nos jugábamos a que se iba a ir en ómnibus porque auto no tenía y seguro que el hermano tampoco tenía porque debía ser un muerto de hambre como él, seguramente. Y te digo que la cosa venía perfecta, porque el viejo nos había dicho que iba a salir bien temprano para no infartarse con las bocinas o sea que nosotros podíamos combinarlo con el horario de salida nuestra para el partido. Porque también nos cagaba si salía a la una de la tarde para Villa Diego porque después ¿cómo llegábamos nosotros a Buenos Aires para la hora del partido con el quilombo que era la ruta y en un ómnibus de línea? Lo más probable es que nos hiciéramos pelota en el camino por ir a los pedos. Y por otra parte, hermano, Villa Diego queda saliendo para Buenos Aires o sea que la cosa estaba clavada, era posta posta.
Después hubo que hablar con los otros muchachos, porqu e convencer al Rulo no nos costó nada, a él le daba lo mismo y, además, le contamos los entretelones del asunto. Te digo que el Colora manejó la cosa como un capo, un maestro. El asunto era así, el Rulo es un fana amigo de Central que tiene un par de ómnibus, está muy bien el Rulo. Y en esa época tenía un par de coches en la línea 305. Fue un ojete así de grande, porque si no teníamos que conseguir otro coche, cambiarle el color, pintarlo, qué sé yo, ponerle el número, un laburo bárbaro. Pero el Rulo tenía dos 305 y con uno de ésos ya tenía pensado pirarse para el Monumental el día del partido y más bien que se llevaba como mil monos que también iban para allá. Lo sacaba de servicio y que se fueran todos a la reputísima madre que los parió, no iba a perderse el partido ese.
Entonces, el Rulo, con los monos arriba Y nosotros, tenía que estar con el ómnibus preparado, el motor en marcha, por España, estacionado. Y el Miguelito se ponía de guardia, tomando un café, justo en un boliche de ahí cerca desde donde veían la puerta de la casa del viejo Casale. Creo que a las cinco, nomás, de la matina, ya estaba el Miguelito apostado en el boliche haciéndose el boludo y junando para la casa del viejo. Te juro que ni los tupamaros hubieran hecho un operativo como ése, hermano. Fue una maravilla.
Apenas vio que salía el viejo con una canastita donde seguro se llevaba algún matambre casero, algo de eso, el pobre viejo, el Miguelito cazó una Vespa que tenía en ese entonces, dio la vuelta a la manzana y nos avisó. Cargó la moto en el ómnibus, en la parte de atrás, detrás de los últimos asientos y nos pusimos en marcha.
Ya les habíamos dicho a tres o cuatro pendejos, de esos quilomberos de la barra, que se hicieran bien los sotas, que no dijeran ni media palabra y se hicieran los que apoliyaban. Nosotros también, para que no nos reconociera el viejo, estábamos en los asientos traseros, haciéndonos los dormido, incluso con la cara tapada con algún pulover, como si nos jodiera la luz, o con algún piloto.
Te digo que el día había amanecido frío y lluvioso, como la otra fecha patria, el 25 de Mayo. Además, el quilombo había sido guardar y esconder todas las banderas, las cornetas, las bolsas con papelitos, los termos, todo eso. Uno de los muchachos llevaba una bandera de la gran puta que medía 52 metros ¡52 metros, loco! Media cuadra de bandera que decía “Empalme Graneros presente” y tuvimos que meterla debajo de un asiento para que el. viejardo no la vichara.
La cosa es que el viejo subió medio dormido y se sentó en uno de los asientos de adelante que ya habíamos dejado libre a propósito para que no viera mucho del ómnibus. Rulo le cobró boleto y todo. Y nadie se hablaba como si no nos conociéramos. Y como el ómnibus iba haciendo el recorrido normal, el viejo iba lo más piola, mirando por la ventanilla. La cuestión es que llegamos a Villa Diego y el viejo tranquilo. Cada tanto, cuando nos pasaba algún auto con banderas en el techo, tocando bocina, el viejo miraba a los que tenía cerca y movía la cabeza como diciendo “¡Mirá vos!”.
Se ve que tenía unas ganas de hablar pero nadie quería darle mucha bola para no pisarse en una de ésas. Así que nos hacíamos todos los dormidos. Parecía que habían tirado un gas adentro de ese ómnibus hermano. Como cuando se muere algún ñato ¿viste? que se queda a apoliyar en el auto con el motor prendido y lo hace cagar el monóxido de carbono, creo. Bueno, así parecía que a nosotros nos había agarrado el monóxido de carbono. Pero, cuando llegamos a Villa Diego, por ahí el viejo se levanta y le dice al Rulo “En la esquina, jefe.”. Y yo no sé qué le dijo el Rulo, algo de que ahí no se podía parar, que estaba cerrado el tráfico, que había que seguir un poco más adelante y el viejo se la comió, pero se quedó paradito al lado de la puerta. Al rato, por supuesto, de nuevo el viejo, “En la esquina”. Ahí ya el Rulo nos miró, porque se le habían acabado los versos. Y ahí, hermano... ¡vos no sabés lo que fue eso! Fue como si nos hubiésemos puesto todos de acuerdo y te juro que ni siquiera lo habíamos hablado. Empezaron los muchachos a desplegar las banderas, a sacar las cornetas y las banderas por la ventana, y a los gritos, hermano, “¡Soy canalla, soy canalla!” por las ventanas.
Pero no para el lado del viejo, el pobre viejo, que la cara que puso no te la puedo describir con palabras, sino para afuera, porque los grones, con lo quilomberos que son, se habían ido aguantando hasta ahí sin gritar ni armar quilombo para no deschavarse con el viejo, pero cuando llegó el momento agarraron las banderas, empezaron a sacar los brazos y golpear las chapas del costado del ómnibus y también el Rulo empezó a seguir el ritmo con la bocina.
¿Viste esas películas de cowboy, cuando los choros van a asaltar una carreta donde parece que no hay nadie, o que la maneja nada más que un par de jovatos y de golpe se abren los costados y aparecen 17.000 soldados que los cagan a tiros? ¿Que levantan la lona y estaban todos adentro haciéndose los sotas? Bueno, ese ómnibus debió ser algo así. De golpe se transfonnó en un quilombo, un escándalo, una de gritos, de bocinazos, cornetas, una joda. ¡Y la gente al lado de la ruta! Porque desde la madrugada ya había gente a los costados de la ruta esperando que pasaran las caravanas de hinchas. Era para llorar, eso, conmovedor, te saludaban, gritaban, levantaban los puños, por ahí algún lepra, a las perdidas, te tiraba un cascotazo... Pero vuelvo al viejo, el viejo, no sabés la caripela que puso. Porque nosotros lo estábamos mirando porque decíamos: éste es el momento crucial. Ahí el viejo o cagaba la fruta, el corazón se le hacía bosta, o salía adelante. El viejo miraba para atrás, a todos los monos que saltaban y cantaban y no lo podía creer. Se volvió a sentar y creo que hasta San Nicolás no volvió a articular palabra. Te digo que el Rábano, el hijo de la Nancy ya se había ofrecido a hacerle respiración boca a boca llegado el caso, que era algo a lo que todos, mal que mal, le habíamos esquivado el bulto porque, qué sé yo, te da un poco de asco, además con un viejo.
Pero mirá, te la hago corta. Mirá, cuando el viejo ya vio que no había arreglo, que no había posibilidad de que lo dejáramos bajar del ómnibus, se entregó, pero se entregó entregó. Porque, al principio, nosotros nos acercamos y nos reputeó, nos dijo que éramos unos irresponsables, unos asesinos, que no teníamos conciencia, que era una,verguenza, qué sé yo todo lo que nos dijo. Pero después, cuando nosotros le dijimos que él estaba perfecto, que estaba hecho un toro, que si se había bancado la sorpresa del ómnibus quería decir que ese cuore se podía bancar cualquier cosa, empezó a tranquilizarse. El Colorado llegó a decirle que todo era una maniobra nuestra para demostrarle que él estaba perfectamente sano y que incluso el médico estaba implicado en la cosa.
Mirá hermano, y creéme porque es la pura verdad ¿qué intención puedo tener en mentirte, hoy por hoy? mucho antes ya de entrar en Buenos Aires ese viejo era el más feliz de los mortales, te lo digo yo y te lo juro por la salud de mis lujos. El viejo cantaba, puteaba, chupaba mate, comía facturas, gritaba por la ventana y a la cancha se bajó envuelto en una bandera. No había, en la hinchada, un tipo más feliz que él. Vino con nosotros a la popu y se bancó toda la espera del partido, que fue más larga que la puta que lo parió y después se bancó el partido. Estaba verde, eso si, y había momentos en que parecía que vos lo pinchabas con un alfiler y reventaba como un sapo, porque yo lo relojeaba a cada momento. Y después del gol del Aldo, yo lo busqué, lo busqué porque fue tal el quilombo y el desparramo cuando el Aldo la mandó adentro que yo ni sé por dónde fuimos a caer entre las avalanchas y los abrazos y los desmayos y esas cosas. Pero después miré para el lado del viejo y lo vi abrazado a un grandote en musculoso casi trepado arriba del grandote, llorando. Y ahí me dije: si éste no se murió aquí, no se muere más. Es inmortal. Y después ni me acordé más del viejo, que lo que alambramos, lo que cortamos clavos, los fierros que cortamos con el upite, hermano, ni te la cuento. Eso no se puede relatar, hermano, porque rezábamos, nos dábamos vueltas, había gente que se sentaba entre todo ese quilombo porque no quería ni mirar. Porque nos cagaron a pelotazos, ya el segundo tiempo era una cosa que la tenían siempre ellos y ¿sabés qué era lo fulero, lo terrible? ¡Qué si nos empataban nos ganaban, hermano, porque ésa es la justa! ¡Nos ganaban esos hijos de puta! ¡Nos empataban, íbamos a un suplementario y ahí nos iban a hacer refocilar el orto porque estaban más enteros y se venían como un malón los guachos! ¡Qué manera de alambrar! Decí que ese día, Dios querido, yo no sé que tenía el flaco Menuttl que sacó cualquier cosa, sacó todo, vos no quieras creer lo que sacó ese día ese flaco enclenque que parecía que se rompía a pedazos en cada centro. Le sacó un cabezazo de pique al suelo a Silva que lo vimos todos adentro, hermano, que era para ir todos en procesión y besarle el culo al flaco ése ¡qué pelota le sacó a Silva! Ahí nos infartamos todos, faltaban cinco minutos y si nos empataban, te repito, éramos boleta en el suplementario. Me acuerdo que miro para atrás y lo veo al viejo, blanco, pálido, con los ojos desencajados, pobrecito, pero vivo. Y ahora yo te digo, te digo y me gustaría que me contesten todos esos que ahora dicen que fue una hijaputez lo que hicimos con el viejo Casale ese día. Me gustaría que alguno de esos turritos me contestara si alguno de ellos lo vio como lo vi yo al viejo Casale cuando el referí dio por terminado el partido, hermano. Que alguno me diga si, de puta casualidad, lo vio al viejo Casale como lo vi yo cuando el referí dio por terminado el partido y la cancha era un infierno que no se puede describir en palabras. Te digo que me, gustaría que alguien me diga si alguien lo vio como lo vi yo. ¡La cara de felicidad de ese viejo, hermano, la locura de alegría en la cara de ese viejo! ¡Que alguien me diga si lo vio llorar abrazado a todos como lo vi llorar yo a ese viejo, que te puedo asegurar que ese día fue para ese viejo el día más feliz de su vida, pero lejos lejos el día más feliz de su vida, porque te juro que la alegría que tenía ese viejo era algo impresionante! Y cuando lo vi caerse al suelo como fulminado por un rayo, porque quedó seco el pobre viejo, un poco que todos pensamos; “¡qué importa!” ¡Qué más quería que morir así ese hombre! ¡Esa es la manera de morir para un canalla! ¿Iba a seguir viviendo? ¿Para qué? ¿Para vivir dos o tres años rasposos más, así como estaba viviendo, adentro de un ropero, basureado por la esposa y toda la familia? ¡Más vale morirse así, hermano! Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la lepra por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa.
 

·
Honourable Mention, October 2011 Photo Contest
Joined
·
18,041 Posts
Discussion Starter · #5 ·
El sordo

El tipo apareció de improviso, ante la indiferencia general, por detrás de la
columna. Se inclinó por sobre el hombro del Sordo, lo tocó en un brazo y le dijo
"Quiero hablar con vos". El sordo levantó la vista, lo miró con el ceño fruncido
como si no lo conociera, pegó una hojeada sobre los otros componentes de la mesa
y amagó una evasiva.
- Vamos allá -dijo el otro, señalando las mesas del fondo. El Sordo se puso de
pie, serio. Casi ninguno, ni Pochi, ni Roger, ni Gustavo, se habían percatado de
la situación.
- Pagale al hombre, che -dijo en voz alta, Ricardo, el único que había caído en
la cuenta.
- ¿ Siempre lo mismo, Sordo? -se anotó el Zorro, zumbón-. No lo cagués al
muchacho.
Pero el tipo, muy serio, ya se alejaba hacia el fondo. Ahora sí, los demás
hicieron un instante de silencio, prestándole una mínima atención al suceso.
- Parece que viene pesada la cosa -se rió el Zorro.
- ¿ Y no lo escuchaste al punto? -preguntó Ricardo- "Quiero hablar con vos" le
dijo. Nada de "¿Podría hablar un momentito con vos?" o "¿ Tendrías un minuto
para atenderme?". Nada. "Quiero hablar con vos" y a la lona.
- Será cana.
- Es un novio que se levantó el Sordo en las vacaciones -dijo Pochi.
- Se habrá puesto celoso el quía -supuso el Zorro.
- Lo ve con tantos machos.
- ¿Dónde "machos"? -se hizo el boludo, Guillermo. Y sin transición alguna
volvieron al tema de las bailantas y de las tres negras que había traído el
Flaco Campana del Brasil para bailar en los pueblos. "No le queda guita pero
coge al costo" justificaba el Pochi.
El tipo se había sentado enfrente del Sordo y se quedó mirando hacia el lado del
mostrador, los ojos entrecerrados, rebuscando algo con la lengua entre los
dientes, tomada la mano que sostenía el pucho en el reborde de aluminio de la
mesa. El Sordo pudo mirarlo un poco más. Sin ser muy alto, tenía cierta pinta de
bestia. Algún pozo de viruela en la mejilla, sombra de barba, remera de marca
desconocida abierta en sus tres botones. Prolijo, pese a todo. Por un momento
bastante largo pareció que el tipo no iba a empezar a hablar nunca.
- Vos te encamaste con mi mujer -soltó de golpe mirándolo, ahora sí, al Sordo.
- ¿Cómo? -el Sordo adelantó la cabeza con un sobresalto elástico del cuello,
como un tero al caminar.
- Que vos te encamaste con mi mujer.
- ¿Con tu mujer?
El otro había adelantado el maxilar inferior dejando un orificio circular entre
sus labios, por donde el humo del cigarrillo escapaba y le nublaba los ojos. No
dijo nada más, y, por el casi imperceptible trepidar de la mesa, era notorio que
oscilaba una pierna pivoteando sobre el pie flexionado como si cosiera a
máquina.
- Espera un cachito... Esperá un cachito...-se rascó una ceja el Sordo amagando
una sonrisa forzada-. Yo a vos...¿te conozco?
- Sí, me conocés...
- Porque, vos acá aparecés... -sobrevoló la información del Sordo- ... me venís
a buscar a la mesa, me presionás para que venga a hablar con vos... Me hacés
levantar de la mesa donde...
-Sí me conocés...
-... yo estoy con mis amigos conversando lo más tranquilo y, de rompe y raja, me
salís con esto de que...
- No te hagas el turro que me conocés...
El Sordo paró. Se quedó con la mano izquierda cerrada con la punta de los dedos
hacia arriba, interrogante, junto al pecho.
- ¿Que yo te conozco? ¿De dónde te conozco? A ver si nos volvimos todos locos.
- Me conocés de la puerta de la escuela Mariano Moreno, de Paraguay al 1200...
Vos vas a buscar a tu piba ahí. Y yo también.
- ¿ Vos también?
- Sí señor... Y a veces voy yo y a veces va mi jermu. Y vos a veces chamuyás con
mi jermu ahí y otras veces ... -el tipo inclinó la cabeza como si quisiera
apoyar una oreja en el nerolite de la mesa en tanto golpeaba con el
índice-..chamuyás con ella acá, en este mismo boliche.
-¿Acá?
- Sí señor -el tono del tipo tenía un atisbo de grosería y un siseo remarcado.
- Y... ¿Quién es tu mujer?
- No te hagás el boludo que vos sabés muy bien quién es mi mujer.
- No, mi viejo... -se enojó el Sordo-. No sé quién es tu mujer y tampoco tengo
la más puta idea de quién sos vos... Vos me venís con eso de que vas a buscar a
tus pibes a la escuela Mariano Moreno y yo también voy de vez en cuando a buscar
a mi piba a esa escuela; pero te puedo asegurar que no me acuerdo ni en pedo de
vos ni de tu cara ni de un carajo...
- No levantés la voz, no levantés la voz -pidió el otro, lo que en parte
tranquilizó al Sordo.
Al parecer, el inquisidor no buscaba un escándalo aunque su tono estaba más
cerca de la amenaza que del paternalismo-. Y no te hagas el boludito -al decir
"boludito" sacudió hacia ambos costados la cabeza acompañando cada sílaba-. No
te hagas el boludito -repitió- porque la semana pasada yo fuí con mi mujer a
buscar los pibes al colegio y vos estabas ahí, y justo estabas al lado nuestro,
y estuvimos hablando, así que no me vengas con que no sabés quién mierda es el
que tenés sentado enfrente.
El Sordo se tiró hacia atrás en su silla, en parte como asombrado, en parte para
alejarse de ese par de ojos que amartillaban el reproche demasiado cerca suyo.
Unió las manos en una palmada y se mordió el labio inferior.
- Esto es increíble -dijo como para sí-. Pero mirá las cosas que uno se tiene
que bancar -observó hacia todos lados como buscando una explicación y, de paso,
constató si los muchachos de la mesa seguían las alternativas del episodio y si
llegado el momento, se hallaban dispuestos a entrar en acción en caso de que
volara el primer tortazo.
- El que me la tendría que bancar soy yo -se señaló el pecho el otro-. Y no me
la banco. Así que no me vengas con que no me conocés y tampoco conocés a mi
mujer porque está muy claro que no es así. Y tampoco andés mirando para tu mesa
porque ninguno de esos pelotudos va a venir a ayudarte. Esos son muy buenos para
hablar al pedo pero a la hora de los bifes se borran todos.
- Pero ¿Qué decís? ¡Pero escucháme! -quedó cortado el Sordo, enojado, no tanto
por el análisis social que el intruso había esgrimido impunemente sobre sus
amigos sino más bien porque aquel tipo se había dado cuenta de su mirada de
auxilio hacia la base- ¡Me pongo así para escucharte con el oído sano! ¿O por
qué te pensás que me dicen el Sordo?
- Sí señor...-siguió el otro-. Porque en este boliche son muy de pajearse en
charlas intelectuales, son muy del franeleo pajero todos ustedes y de hacerse
los nórdicos, los suecos, en la cuestión de las minas. Pero en donde yo me crié,
toda esa histeria, no corre, mi querido. Allá estas cosas se resuelven sin tanto
psicoanálisis, estas cosas se resuelven como se resuelven en el barrio. Y yo
sabía, estaba seguro, que esto iba a pasar cuando mi mujer me dijo que venía a
este boliche de mierda, lleno de trolos, de pichicateros y de pajeros.
- Pará un cacho... pará un cacho... -buscó aire el Sordo, sin saber muy bien
cómo seguir.
- Y por eso vos me vas a explicar bien explicado cómo fue todo este fato con mi
mujer, con la hija de puta de mi mujer...
- Pará un cacho... -continuó haciendo tiempo el Sordo-. Te digo una cosa... Te
digo una cosa... Yo te estoy respondiendo, te estoy contestando por una
elemental regla de cortesía. Por una... digamos... elemental norma de respeto
-el otro lo miraba sin entender-. Pero la verdad es que no debería darte ni
cinco de pelota, ni cinco de bola debería darte... Vos no sos mi viejo, ni sos
cana, ni sos el fiscal de la Nación para venir a apurarme con este asunto de ...
- ¿Sabés quién soy yo? ¿Sabés quién soy yo? -el otro volvió a echar el torso
sobre la mesa-. Yo soy el esposo de Marcela. El marido de Marcela. Ése soy yo.
El esposo de la mina con la que vos te encamaste. O te encamás. Eso lo tengo que
averiguar todavía...
El Sordo lo miró un momentito.
- ¿Quién es Marcela? ¿De qué Marcela me estás hablando?
- Marcela Tessone... ¿La ubicás ahora? -podía decirse que una sonrisa cínica
merodeaba la boca del tipo.
- ¿Tessone? Mirá... -El Sordo adoptó un tono condescendiente, como si tuviese
que explicarle a un niño un tema muy distante de su capacidad de razonamiento-.
Acá todo el mundo se conoce por el nombre o por el apodo. Yo, hay muchachos de
la mesa esos que vos decís que son todos putos, que se borran todos - a los que
conozco nada más que por el apodo ¡ y los conozco desde hace años! Pero que no
tengo ni la más puta idea de cómo se llaman, del nombre, del apellido, de nada.
Por eso vos me decís Tessone y yo te digo ... que sí... que puede ser... que por
ahí la...
- La morocha, alta, medio narigona... Que vos le prestaste el libro de
Soljenitsyn...
El Sordo se quedó mirándolo. No había mayores posibilidades de evadir el tema. Y
el tipo había pronunciado el nombre de Soljenitsyn bastante bien.
- ¿Un libro de Soljenitsyn? -caviló, sin embargo, frunciendo los labios-. Ah
sí...
- Para iniciarla en lo intelectual...-de nuevo la sorna.
- Sí... Ya sé cuál es...
- Y la boluda se deslumbra con cualquier cosa. Hasta con un Patoruzito se
deslumbra...
- Marcela...
Se quedaron un momento callados, observándose. Filoso el tipo. Más a la
defensiva el Sordo.
- ¿Entonces? -sacudió el tipo.
- Entonces ... ¿Qué?
El otro mantuvo la mirada fija.
- Y sí -admitió el Sordo sin arriar demasiado sus banderas-. A veces hablamos
con tu mujer. Si es ésa que vos decís, a veces hablamos. Acá, en el boliche.
Cuando ella viene. Pero te digo que viene muy de vez en cuando. Pero nada más.
Yo a ella casi no la conozco. La conozco a la amiga.
- A la Patri.
- A ésa. A la Patricia. A ella la conozco más.
- ¿Así que la conocés a la amiga? -de nuevo la ironía-. La conocés a la amiga
pero le prestás un libro a mi mujer.
- A tu mujer la conozco pero... oíme... la conozco como uno puede conocer a
tanta gente en esta ciudad. Que la conocés de verla mil veces por la calle.
Como... como vos me decías que yo te conocía a vos, de la puerta de la escuela.
Pero eso no quiere decir que te conozco. Sí por ahí te veo y digo "Qué cara
conocida", pero nada más... Rosario es una ciudad chica... Y hablo con ella como
puedo hablar con tanta gente que viene acá, somos todos amigos...
- Sí... Amigos... Amigos... Son todos muy amigos...
- Pero nada más...
El otro se pasó la mano por la cara como para modelarse de nuevo los pómulos.
- Mirá, mirá... -dijo-. No me vengas con versos, a mí ya no me caben los
versos...
- Pero... -arremetió el Sordo-. ¿Y de dónde salió eso de que yo me encamo con tu
mujer? ¿Quién te dijo eso de que yo me encamé con tu mujer? ¿Quién te fué con
esa pelotudez?
- Ella. Ella me lo dijo.
El Sordo sintió el impacto. Se demudó. Miró hacia el techo, hacia la mampara de
madera que separaba el salón del quiosquito que da a la calle Sarmiento. Vió a
Pedro riéndose con una mina. A Cary y a Querol hablando con una pendejita rubia.
El mundo seguía andando y él no podía creer todavía que estaba sentado allí, en
el banquillo de los acusados, ante un inquisidor que manejaba más información de
la tolerable.
- ¿Ella te dijo eso? ¿Marcela?
- Sí señor. Marcela me lo dijo.
El Sordo meneó la cabeza.
- ¿Ella te lo dijo?
- Ella.
- Mentira.
- Ah, claro... Aparte de cornudo, mentiroso... -se sonrió el tipo,
inexplicablemente cordial.
- ¡No! Digo, mentiras de ella. Mentiras, bolazos. Te está macaneando...
- Ah... Me está macaneando...
- ¡Sí señor! Seguro, por supuesto.. Te está macaneando. Está hablando al pedo.
No puede decir esa barbaridad, esa pelotudez...
- ¿Y para qué me lo dice? ¿A ver?
- Qué se yo. Te querrá joder. Te querrá cagar la vida. Andá a saber. Vos sabés
cómo son las mujeres. Las mujeres suelen ser muy hijas de puta, muy...
- Cuidado con lo que decís...
- Bueno... -El Sordo ya no sabía de dónde podía venir el cachetazo, adónde podía
pisar sin que estallase una mina-. Te lo digo en un sentido muy...
- Tenés razón, tenés razón... -acordó el otro, sin embargo-. Mi mujer es una
hija de puta, pero no es boluda. No es ninguna boluda. Y no va a venir a decirme
una cosa así gratuitamente, para que yo la cague a trompadas. No me vino a decir
que se le habían pasado los fideos o que se había olvidado un paraguas, querido.
Me vino a decir que se había encamado con un tipo...
- Sí... ¡Y justo me viene a elegir a mí! ¡A meterme en un quilombo a mí!
- ... y ella sabe que yo no soy un intelectual, mi viejo, ella sabe que yo la
voy a cagar a trompadas, no se la va a llevar de arriba si me aparece con una
cosa de ésas...
- Te querrá cagar la vida, viejo. Qué sé yo... Te sale con esas cosas porque te
habrá dado la cana con alguna mina. Te conocerá alguna fulería y en esas cosas
las mujeres son muy vengativas. Son capaces de inventar cualquier historia con
tal de...
- ¿Inventar cualquier historia? - embistió el otro-. ¿Inventar también el día en
que se encamó con vos? ¿Y la hora? ¿Y el telo al que fueron?
- ¿El telo? ¿ Te dijo el telo? Pero...
- Además, querido... ¡Yo no soy de engañar a mi mujer, mi viejo! -el otro estiró
una mano hacia adelante mostrando al Sordo la palma como si lo hubiesen herido
en lo más profundo-. Yo podré tener mil quilombos con mi mujer, pero eso no hace
que yo ande haciéndome el pelotudo con cualquier mina que se me cruce. Que ella
sea una guacha no quiere decir que...
- ¿También te dió el nombre de un telo? ¡Dios querido! Pero qué imaginación que
tiene esta mina... -el Sordo volvió a estallar sus manos en una palmada.
- Nada de imaginación, mi viejo. Nada de imaginación -el tipo variaba el ángulo
de sus ataques con una velocidad incontrolable.- No sigas haciéndote el boludo
porque ella me lo dijo todo, me batió todo, me lo contó todo...
El Sordo lo observó, algo desarmado.
-... y ella será una guacha que podrá venir a joderme con muchas cosas, pero
nunca con ese tema -siguió el tipo-. Y si me viene a contar una cosa así, es
porque es cierto, es verdad. Eso que me dijo es cierto.
Otro silencio. El Sordo resopló, enarcó las cejas poblando su frente de arrugas
paralelas y horizontales.
Luego se encogió de hombros.
- Y bueno... -suspiró- ¿Qué querés que te diga?... si ella te dijo eso... Si
ella me manda al muere...
- El jueves pasado. A las siete de la tarde. En el Gato *****. Con video porno y
todos los chiches...
- Y dale, bueno... Agregale cama de agua también... Nunca hubiera imaginado que
a Marcela se le podían ocurrir tantas cosas...
- Entonces, viejo... -pisó firme el otro- ... Yo quiero que arreglemos este
asunto.
El Sordo lo miró, ceñudo, curioso.
- Afuera -señaló el tipo con el mentón.
- Pero... ¿Qué estás diciendo?
- Lo que te digo. En donde se te ocurra. Los dos, vamos y...
- Pero ... ¿de qué me hablás?
- Nos cagamos bien a trompadas.
- ¿A trompadas? -el Sordo lo miraba con una expresión de infinito asombro-.
¿Pero vos estás en pedo?
- Sí señor. A trompadas.
El Sordo se recostó, relajado, sobre el respaldo de su silla.
- Yo no me cago a trompadas ni por mi vieja -aclaró.
- No la metas a tu vieja en este asunto.
- Yo a mi vieja la meto donde se me cantan las bolas. Ahora lo único que falta
es que venga cualquera a decirme lo que tengo que hacer con mi vieja.
- Lo que pasa es que acá -generalizó el otro- están muy acostumbrados a parlarla
demasiado, querido. Acá, vos y todos estos pajeros están muy acostumbrados a
charlarla lunga, de cualquier cosa. Resuelven el fato de la guita, de la
política, de la Revolución, sin levantar el culo de la silla. Son
revolucionarios de café ustedes. Idiotas útiles. Y vos te creés que conmigo va a
ser lo mismo. Y que vas a poder explicarme cómo fue que te cogiste a la hija de
puta de mi mujer en una charla, en una conferencia de prensa; que me vas a poder
decir cómo que te la empomaste y yo te voy a decir "¡Pero mire qué bien, qué
cosa más interesante! ¿Qué diría Soljenitsyn a todo esto?" O algún otro de esos
escritores culorrotos que ustedes se pasan leyendo todo el día....
- Te equivocás, te equivocás... -dijo el Sordo, jugueteando con un tiquet viejo
de consumición entre los dedos-. No nos pasamos leyendo. Vos estás confundido
-más tranquilo al comprobar que, pese a esa encendida llamada a la acción
directa, pese a esa invitación a la violencia, la cosa venía demasiado
dialéctica como para derivar en un holocausto.
- Conmigo no corre ésa. Esa mano no corre conmigo...
- Tu mujer no se encamó conmigo -afirmó el Sordo- Y te voy a decir una cosa, te
voy a decir una cosa... Vos podés creer lo que se te cantes las pelotas, después
de todo es tu mujer. Pero te voy a decir una cosa, como para que vos
entiendas...
- No hay nada que entender, mi viejo... Esto está muy claro... Acá lo ...
- ¿Sabés por qué no me encamé con tu mujer, ni me encamo, ni me encamaría nunca?
Ahí sí el tipo lo miró, atento.
- ¿Sabés por qué? -reafirmó el Sordo.
- ¿Por qué?
- Porque tu mujer no me gusta.
- ¿Cómo que... no te gusta?
- No me gusta. Muy simple. No me gusta.
- ¿Por qué no te gusta?
- Es jovata, viejo. Está muy achacada.
- ¿Jovata? ¡No tiene 40 años, querido! ¡No seas pelotudo!
- Mirá, si no tiene 40 años, los aparenta. Te digo más, yo le daba cerca de 45.
- 37 pirulos tiene. Recién cumplidos.
- ¡Y bueno!
- ¿Qué? ¿ Me vas a decir que alguna de estas pendejas que están por acá,
aquella, por ejemplo, con esa pinta de muerta de hambre, están mejor que mi
mujer? ¿Pero no ves la pinta de pichicateras que tienen todas, que parece que
hace mil años que no toman sol, fumadas todas, sucias, los pelos roñosos? ¿Ésas
son las pendejas que te gustan a vos? ¡Por favor! Dejame de joder. Además, no me
vengas con versos, mi viejo. Si vos tampoco sos ningún pendejo ¿O me vas a venir
con que a vos las pendejas todavía te dan pelota? No te dan ni cinco de pelota a
vos, mi querido ¿O te pensas que yo no te veo? ¿O porqué te pasás, acaso todas
las tardes, sentado en la mesa de todos esos viejos chotos como me dice Marcela
que te pasás? Porque te dan mucha bola las pendejas, seguramente. Por eso.
Viejos chotos haciéndose los galanes...
- A mí no me gusta...
- Además, mi mujer, será una hija de puta que se encama con el primer pelotudo
que le cruza, pero se rompe el culo haciendo gimnasia para mantenerse en forma,
querido ¡Las veces que me he tenido que hacer la comida cuando vuelvo del
trabajo porque ella está haciendo la gimnasia, tirada enfrente del televisor con
la mina esa y el grone de la ESPN, que hacen gimnasia arriba de un portaaviones!
Y te va al gimnasio, y te sale a correr...
- No me gusta. No me digas porque no me gusta...
- Más de una de estas pendejas querría tener el culo que tiene mi mujer. Las
gomas que tiene mi mujer, mirá lo que te digo...
- A vos te parece porque sos el marido. Tenés que convencerte porque...
- ¡No me tengo que convencer un carajo, querido! Yo no soy tan boludo, no me
pongo ciego ante la realidad, yo no me engaño... Marcela será una guacha pero
sigue estando buenísima... ¿O te creés que yo no veo cómo la miran los tipos por
la calle?
- No me gusta.
- Tendrías que verla en bolas...Bueno... -saltó el tipo-. ¡Si vos la viste en
bolas, hijo de puta! ¡Oíme, salgamos y...!
- No es eso, no es eso... Yo no te digo que no esté buena...
- ¿Qué no va a estar buena? ¿Y que me decís entonces?
- No sé... No es mi tipo de mujer... No... No... Qué se yo... Vos no lo tomés a
mal, pero ... La nariz...
- ¿Qué pasa con la nariz? ¡Ahora no me vengas con que no te gustan las
narigonas! Al contrario. Eso es lo que hace interesante a una mujer... ¡ Mirá la
Barbara Streisand, por ejemplo, mirala a ella! Ahora no me vas a salir con que
te gustan estas pendejas que se hacen la estética y que quedan todas con la
misma napia. Ésas te gustan, seguro, esas narices de mierda que parecen
caniches...
- No es eso...
- Además... A la Ley de Almada, mi viejo. Le tapás la cara con una almohada.
- No es eso...
- ¡Por favor, mi viejo! ¿ Que me venís?
- Es que a mi me gusta la mujer más... ¿ cómo decirte? Más...
- ¿Más qué?
- Más dulce, ¿me entendés?... Más modosita... Más manuable... Tu mujer, Marcela,
es muy grandota, muy agresiva. Demasiado...
- ¿Agresiva? ¡Porque tiene personalidad, querido! Ella es así. Avasallante ¿O
querés una boluda de ésas que se creen una muñequita de lujo?
- No te digo agresiva...
- ¡Porque te sabe llevar una conversación! Eso es lo que te jode. Están todos
acostumbrados a estar con minas que se callan la boca y le dicen que sí a todo,
y no se bancan una mina que tenga los ovarios bien puestos como para copar una
mesa y opinar de las cosas igual que los tipos. Eso es lo que pasa. ¡Claro!
Todos los piolas de tu mesa pueden decir mil pelotudeces de lo que se les cante
pero si aparece una mina con ideas propias no se la aguantan...
- Será así... Será así... Por ahí tenés razón...
- Lo que pasa es que ella te sabe llevar una conversación y...
- Y te aclaro que ella no viene a la mesa nuestra.
- Porque ha estudiado, mi viejo ¡Y quién te dice que no ha estudiado más que
cualquiera de todos estos intelectuales...! ¡Intelectuales de la poronga!
- Seré chapado a la antigua. Lo admito -enarcó las cejas el Sordo, casi como
apesadumbrado.
- Fijate que al final, yo... -no detuvo su arremetida el otro- que no soy lo que
puede decirse un tipo de estudios, porque apenas si tengo el secundario, me
banco una mina evolucionada. Pero ustedes no. Para ustedes una...
- ¿Sabés lo que pasa? ¿Sabés lo que pasa? Yo seré un antiguo, pero me jode que
una mina te interrumpa cuando estás hablando ¿viste? No te digo que me joda que
hable. Pero que sepa respetar cuando el que habla es otro. Que no se meta. Y eso
es lo que hace Marcela. Se mete. En ese aspecto es... desubicada... grosera...
- ¡Por favor! ¡Mirá con lo que me salís!
- Te digo más... Más de una vez, pensé, te juro que pensé, sin conocerte, eh,
sin conocerte... "Pobre tipo el marido de esta mina! ¡Lo que debe ser aguantar a
esta mina!"
- Pero... ¡Por favor!... Ella... ¡Ella es una santa! Es incapaz de ...
- Porque una cosa es charlar un ratito acá, todo muy bien, muy lindo, muy
entretenido. Pero otra cosa es tenerla todo el día en tu casa y...
- ¡No estás a su altura, querido! ¡No estás a su altura!... Es una señora...
- Te digo más... Ahora que te conozco, ahora que te conozco y veo que sos un
tipo honesto, frontal, un tipo que va de frente, como viniste de frente conmigo,
un tipo que tiene la grandeza de plantear una cosa delicada como ésta, cara a
cara... merecerías otra mina. No sé... Más dulce, menos agresiva, menos jodida.
- Por favor... Ya quisieras vos encontrar una mina como Marcela. Ya quisieras
vos...
- Puede ser... -caviló el Sordo. La conversación parecía haberse agotado-. Puede
ser...
El otro miró el reloj.
- Me voy -dijo-. Ya debe haber llegado -se paró. El Sordo también, las manos en
los bolsillos.
- ¿Tomamos algo? -frunció las cejas, mirando la mesa vacía y tratando de
recordar. El tipo negó con la cabeza.
- Chau -dijo-. Pero la vamos a seguir -advirtió. Y se fué por la puerta de
Sarmiento y Santa Fé. El Sordo se volvió para la Mesa de los Galanes. Cuando el
tipo pasó junto a donde estaban Cary y Querol, hizo un gesto con el mentón
señalándole al Sordo la adolescente flaquita que charlaba con ellos.
- ¡Seguro que una cosa así te gusta a vos! ¡Qué vas a comparar! -casi gritó,
antes de continuar su retirada.
El Sordo admitió con un gesto ambiguo y siguió para su mesa. Ésta se había
poblado bastante. Habían llegado el Pitufo, el Peruca, Belmondo y Hernán. El
Sordo tuvo que buscarse una silla de otra mesa y ubicarse en segunda fila, en un
ángulo poco favorable.
- Mirá vos -se rió el Zorro-. Tenías ringside y te lo cagaron.
El Sordo iba a contestar cuando volvió el tipo, por el mismo lado que la vez
anterior, por detrás de la misma columna. Era obvio que había salido por la
esquina y había vuelto a entrar por Santa Fé. Le tocó el hombre al Sordo y se
agachó para hablarle al oído.
- ¿Sabés por qué vos decís eso? -le dijo. El Sordo esperó, fastidiado.- ¿ Sabés
porqué vos decís eso?
- ¿Qué digo?
- Que no te gusta.
- ¿Por qué?
- Porque Marcela no te da pelota. Por eso -el Sordo giró para mirarlo -. No te
da bola.
- Sí... Seguro...
- Claro, querido. Como eso de la zorra y las uvas... "Estaban verdes"
- Sí... Seguramente...
- Entonces decís que no te gusta, que es fea, que es un escracho... - El Sordo
meneó, la cabeza con disgusto, resoplando.
- Sí, preguntale...
- Y... ¡No le va a dar bola a un tísico como vos, justamente!
- Claro... Preguntale... -repitió el Sordo, ya engranado.
El otro se irguió, siempre sonriendo y hasta se dio el lujo de palmearlo al
Sordo en el hombro.
- Sí. Seguro. Preguntale que hizo el jueves a la tarde... A eso de las siete...
Preguntale
El otro le dió la última palmada de despedida y se alejó, contento.
- ¡Preguntale! -alcanzó a gritar, airado, el Sordo-. ¡ Qué hizo! ¡Preguntale!
Pero el otro había desaparecido por la puerta de la esquina. Y esta vez ya no
regresó.

Roberto Fontanarrosa
 

·
Honourable Mention, October 2011 Photo Contest
Joined
·
18,041 Posts
Discussion Starter · #6 ·
Fútbol y Ciencia, Roberto Fontanarrosa

¡Hasta siempre, señor árbitro!

Los 73.000 espectadores que concurrieron el 15 de enero de 1988 al Duisburg
Stadium de Oberhausen no pudieron dejar de apreciar que entre los
protagonistas del espectáculo había significativas ausencias.

Y no se trataba, por cierto, de que el Ruhr 214 no alistara entre sus filas
a Hans "Caperucita" Gfrörer, o bien que entre los fervorosos "barqueros" del
Postfach no estuviese Fritz, "El talabartero" Kiepenheuer. Lisa y
llanamente, lo que brillaba por su ausencia aquella tarde en el Duisburg
Stadium era el público, dado que, la "Effektivaterien Ballönem Helveticen"
había anunciado el match como una prueba piloto de un nuevo sistema de
"referato a distancia". Efectivamente, a escasos cien metros del coqueto
estadio de Oberhausen, los concurrentes podían advertir una misteriosa
construcción de cemento, de forma tubular, que alcanzaba la respetable
altura de 75 metros.

Esta torre no representaba ventaja alguna, y más podía confundirse con un
monumento moderno, o con alguna reminiscencia emblemática de la
majestuosidad nazi que con lo que verdaderamente era: la central
computarizada de control desde donde se dirigía el encuentro. Los curiosos
asistentes al match tampoco podían adivinar que, bajo sus pies, una
intrincada maraña de cables, sensores electrónicos, filamento inalámbricos y
terminales computadorizadas, unían el estadio propiamente dicho con la torre
de referato.

Dentro de la torre, a una altura de 50 metros sobre el nivel del piso, se
encuentra la nave central, a la cual se accede mediante el servicio de tres
elevadores, uno para el árbitro y los restantes para ambos jueces de línea.
Quien entra allí, a ese vasto recinto privado de luz natural y arrullado por
el permanente murmullo de los acondicionadores de aire, podrá pensar que se
halla en alguna de las centrales de control de vuelo de la NASA, o bien que
ha caído en el vientre mismo del Nautilius, el legendario sumergible del
capitán Nemo.

Ciento veintisiete pantallas de televisión, prolijamente alineadas, emiten su
mensaje, desde las paredes levemente curvadas del salón. En frente de ellas,
en medio de ellas, tres hombres, tres profesionales del difícil arte del
referato futbolístico, recepcionan hasta el más mínimo detalle de cuanto
ocurre sobre el campo de juego. Allí, alejados de la gritería ensordecedora
de la turbamulta, ajenos a la indudable presión que configura el
hostigamiento de los partidarios, los colegiados pueden dirigir,
asépticamente, el encuentro.

El sistema, costoso hasta el momento, simplifica notablemente la tarea del
árbitro y ha reducido en forma sensible los disturbios en los campos de
juego. El juez, fría su mente, gozando del privilegio de beber su marca de
cerveza preferida en tanto vigila a los 22 jugadores, cuenta, entonces, con
la inestimable ayuda de mil ojos electrónicos, que complementan los suyos.
En cuanto detecta una infracción, oprime un botón y un silbato estridente se
escucha a unos cien metros más allá, en todo el estadio. Si la jugada no ha
sido clara o si la infracción es dudosa, el colegiado cuenta con otro
valioso recurso para calmar y convencer, en forma palmaria, al bando que se
considera perjudicado: con otro simple botón desplegará sobre las dos
inmensas pantallas electrónicas colocadas en ambas cabeceras del estadio, la
escena repetida, con detención de imagen y ampliación de los ángulos
necesarios para refrendar con sólidas razones la penalidad adoptada.

Cualquiera podría suponer que esa maniobra requeriría dos o tres minutos en
concretarse, con el consiguiente retraso y ruptura del ritmo del partido.
Pero no es así, ya que la memoria computarizada seleccionará entre los
centenares de enfoques de la misma acción, las cuatro o cinco que considera
más gráficas y contundentes, brindando al juez, en una fracción de segundo,
la posibilidad de poner frente al público las que juzgue más válidas. Todo
esto, sin que la máxima autoridad del match sufra el reproche de los
jugadores ni sus estentóreos reclamos.


Más simple aun, para le nuevo sistema de referato, es eliminar cuanta duda
pueda presentarse respecto de balones fuera de juego, balones ingresados o
no tras la línea de la portería o bien, incluso, ante la siempre
controvertida "Ley del Offside". Un sistema televisivo tipo "Fotochart"
turfístico, elimina cualquier clase de duda, ya que le ojo eléctrico que
patrulla la línea del último defensor captará, precisará y denunciará a
quien reciba el balón en posición prohibida.

En los casos de un discutido hand, por ejemplo, donde ni siquiera la visión
televisiva puede dictaminar en un ciento por ciento el contacto del balón
con la mano del defensor, también la insospechable computación vendrá en
auxilio del señor árbitro, puesto que las pantallas mostrarán la acción,
agregando un luminoso pespunte verde. Nilo de coordenadas y flechas
indicatorias que avalan la posibilidad o la imposibilidad, de que dicho
contacto haya tenido lugar.

De cualquier manera, el revolucionario sistema, llamado provisoriamente
A.U.P. (Arbipeissal Und Perspecktiven) admite también el encanto de la
controversia. Nadie puede negar el importante condimento que significa para
el partidario del fútbol la discusión en la oficina, durante toda la semana,
sobre si tal o cual fallo estuvo acertadamente tomado. Y no puede tampoco,
quitársele al aficionado común la posibilidad de exorcizar sus frustraciones
y represiones domésticas, denostando la figura del colegiado. Así ha sido
siempre y lo seguirá siendo, aunque en menor medida con el nuevo sistema,
que también deja, sabiamente, resquicios para la discusión.

En algunos casos, muy puntuales, el poder de decisión quedará en manos del
clásico y consabido criterio personal del árbitro. Allí, como siempre la
falibilidad humana seguirá alimentando el intercambio de opiniones. Se dará,
por ejemplo, con la inefable "Ley de la ventaja". No habrá computadora,
entonces, que ayude a dictaminar a su referí si tal o cual jugador cometió
una infracción adrede o sin quererlo, como tampoco contará el árbitro con
ayuda tecnológica para decidir si el delantero que se proyectaba solo hacia
el gol ha de caer definitivamente o podrá continuar con su carrera, luego
del golpe que intentara derribarlo.

La misma incógnita deberá enfrentar el colegiado cuando deba determinar, sin
respaldo científico alguno, cuándo una "mano" dentro del área, es
intencional o casual, ya que no hay todavía, por fortuna, computadora alguna
que esté conectada con el cerebro mismo de los futbolistas. Se podrán
repetir, entonces, protestas o abucheos del público, pero ya nunca de la
magnitud de la ocurrida en torno al recordado árbitro internacional belga,
Henri Degrelle*.

Justamente en virtud de este suceso, la FIFA aceleró los estudios y puesta
en práctica del sistema A.U.P. De todos modos, ese grado de controversia,
ese resquicio de humana posibilidad de error ha sido minuciosamente
estudiado por los sicólogos que trabajaron en el proyecto para no revestir
al más popular de los deportes de un halo tecnocrático que le reste
espontaneísmo y creatividad. Así será, entonces, que los seguidores
partidarios de los conjuntos podrán continuar exteriorizando sus quejas como
siempre, como en todas las épocas, a pesar de que, también en ese orden, se
han detectado indicios inquietantes.

En efecto, desde el 17 de junio último, un adelanto significativo se puso de
manifiesto en el campo de la protesta partidaria, en ocasión de llevarse a
cabo el clásico encuentro entre el Benelux-Gotha de Mons y el Astipalaia de
Grecia. Tras un discutido fallo del colegiado sueco Gustavo Skelleftea, un
proyectil misilístico del tipo M-L7, versión soviética de segunda
generación, impactó y redujo a polvo la torre de control de referato. Se
piensa que el proyectil fue accionado por un fanático del Astipalaia,
mediante un propulsor personal, desde atrás del arco norte del estadio,
distante casi unos 250 metros de la sólida construcción tubular, aún hoy
hecha escombros. "Ellos también han progresado mucho", sólo atinó a decir
Gerd Walde, titular del Consejo Arbitral Germano y propulsor del sistema
A.U.P., a título de conformista comentario.

Publicado en el libro El mayor de mis defectos, Ediciones de la Flor,
Buenos Aires, 1990.
© Copyright 1999/2001 - Ediciones de la Flor S.R.L.
 

·
Honourable Mention, October 2011 Photo Contest
Joined
·
18,041 Posts
Discussion Starter · #7 · (Edited)
Apuntes del fútbol en Flores
Alejandro Dolina

En un partido de fútbol caben infinidad de novelescos episodios.
Allí reconocemos la fuerza, la velocidad y la destreza del deportista. Pero también el engaño astuto del que amaga una conducta para decidirse por otra. Las sutiles intrigas que preceden al contragolpe. La nobleza y el coraje del que cincha sin renuncios. La lealtad del que socorre a un compañero en dificultades. La traición del que lo abandona. La avaricia de los que no sueltan la pelota. Y en cada jugada, la hidalguía, la soberbia, la inteligencia, la cobardía, la estupidez, la injusticia, la suerte, la burla, la risa o el llanto.
Los Hombres Sensibles pensaban que el fútbol era el juego perfecto, y respetaban a los cracks tanto como a los artistas o a los héroes.
Se asegura que los muchachos del Ángel Gris tenían un equipo. La opinión general suele identificarlo con el legendario Empalme San Vicente, conocido también como el Cuadro de las Mil Derrotas.
Según parece, a través de modestas giras, anduvieron por barriadas hostiles, como Temperley, Caseros, Saavedra, San Miguel, Florencio Varela, San Isidro, Barracas, Liniers, Nuñez, Palermo, Hurlingham o Villa Real.
El célebre puntero Héctor Ferrarotti llevó durante muchos años un cuaderno de anotaciones en el que, además de datos estadísticos, hay noticias muy curiosas que vale la pena conocer.
- En Villa Rizzo, todos los partidos terminan con la aniquilación del equipo visitante. Si un cuadro tiene la mala ocurrencia de ganar, su destrucción se concreta a modo de venganza. Si el resultado es una igualdad, la biaba obra como desempate. Y si, como ocurre casi siempre, los visitantes pierden, la violencia toma el nombre de castigo a la torpeza.
En ciertas ocasiones, los partidos deben suspenderse por la lluvia u otras circunstancias. En ningún caso se extrañará la estrolada, que llegará sin fútbol previo, pura, ayuna de pretextos.
- En Caseros hubo una cancha entrañable que tenía un árbol en el medio y que estaba en los terrenos de una casa abandonada.
- En un potrero de Palermo, había oculta entre los yuyos una canilla petisa que malograba a los delanteros veloces.
- Cierto equipo de Merlo jugaba con una pelota tan pesada que nadie se atrevió nunca a cabecearla.
- En un lugar preciso de la cancha de Piraña acecha el demonio. A veces los jugadores pisan el sector infernal, adquieren habilidades secretas, convierten muchos goles, triunfan en Italia, se entregan al lujo y se destruyen.
Otras veces los jugadores pisan al revés y se entorpecen, juegan mal. son excluídos del equipo, abandonan el deporte, se entregan al vicio y se destruyen.
Hay quienes no pisan jamás el coto del diablo y prosiguen oscuramente sus vidas, padecen desengaños, pierden la fé y se destruyen.
Conviene no jugar en la cancha de Piraña.
Las últimas páginas del cuaderno de Ferrarotti contienen historias ajenas. Algunas de ellas muestran un conmovedor afán literario. Veamos.

El Tipo que Pasaba por Ahí

Suele ocurrir en los equipos de barrio que a la hora de comenzar el partido faltan uno o dos jugadores. Casi siempre se recurre a oscuros sujetos que nunca faltan en la vecindad de los potreros. El destino de estos individuos no es envidiable. Deben jugar en puestos ruines, nadie les pasa la pelota y soportan remoquetes de ocasión, como Gordito, Pelado o Celeste, en alusión al color de su camiseta. Si repentinamente llega el jugador que faltaba, se lo reemplaza sin ninguna explicación y ya nadie se acuerda de su existencia.
Pero una tarde, en Villa del Parque, los muchachos del Ciclón de Jonte completaron su formación con uno de estos peregrinos anónimos. Y sucedió que el hombre era un genio. Jugaba y hacía jugar. Convirtió seis goles y realizó hazañas inolvidables. Nunca nadie jugó así. Al terminar el partido se fue en silencio, tal vez en procura de otros desafíos ajenos.
Cuando lo buscaron para felicitarlo, ya no estaba. Preguntaron por él a los lugareños, pero nadie lo conocía. Jamás volvieron a verlo.
Algunos muchachos del Ciclón de Jonte dicen que era un profesional de primera división, pero nadie se contenta con ese juicio. La mayoría ha preferido sospechar que era un ángel que les hizo una gauchada. Desde aquella tarde, todos tratan con más cariño a los comedidos que juegan de relleno.

El Referí Demasiado Justo

El colorado De Felipe era referí. Contra la opinión general que lo acreditó como un bombero de cartel, quienes lo conocieron bien juran que nunca hubo un árbitro más justo. Tal vez era demasiado justo.
De Felipe no sólo evaluaba las jugadas para ver si sancionaba alguna infracción: sopesaba también las condiciones morales de los jugadores involucrados, sus historias personales, sus merecimientos deportivos y espirituales. Recién entonces decidía. Y siempre procuraba favorecer a los buenos y castigar a los canallas.
Jamás iba a cobrarle un penal a un defensor decente y honrado, ni aunque el hombre tomara la pelota con las dos manos. En cambio, los jugadores pérfidos, holgazanes o alcahuetes eran penados a cada intervención. Creía que su silbato no estaba al servicio del reglamento, sino para hacer cumplir los propósitos nobles del universo. Aspiraba a un mundo mejor, donde los pibes melancólicos y soñadores salen campeones y los cancheros y compadrones se van al descenso.
Parece increíble. Sin embargo, todos hemos conocido árbitros de locura inversa, amigos o lacayos de los sobradores, por temor a se rsus víctimas . Inflexibles con los débiles y condescendientes con los matones.
Una tarde casi lo matan en Ciudadela. Los Hombres Sensibles de Flores lamentaron no haber estado allí, para hacerse dar una piña en su homenaje.

El Patio de las Pelotas Perdidas

Los demonios ladrones andan merodeando cerca de las canchas. Cuando la pelota se va lejos, la ocultan entre los yuyales o en las zanjas para que los jugadores no puedan encontrarla. Ya en la noche, llevan las pelotas robadas a un patio secreto.
Los demonios realizan además acuerdos infames co vecinos chúcaros. Y en las madrugadas recorren techos, canaletas y terrazas para completar su despojo.
Nadie lo sabe, pero en el patio están todas las pelotas perdidas: duras reliquias con tiento, flamantes cueros profesionales, humildes "Pulpo" de goma, infames bolas de plástico que doblan en el aire, ásperas veteranas que han conocido mil costurones.
Un día entre los días vendra del sur un duende bienhechor que ha de liberar las pelotas cautivas para devolverlas a sus dueños. Y todos sentirán la emoción de revivir viejos piques olvidados.

Instrucciones para elegir en un picado

Cuando un grupo de amigos no enrolados en ningún equipo se reúnen para jugar, tiene lugar una emocionante ceremonia destinada a establecer quiénes integrarán los dos bandos. Generalmente dos jugadores se enfrentan en un sorteo o pisada y luego cada uno de ellos elige alternadamente a sus futuros compañeros. Se supone que los más diestros serán elegidos en los primeros turnos, quedando para el final los troncos. Pocos han reparado en el contenido dramático de estos lances. El hombre que está esperando ser elegido vive una situación que rara vez se da en la vida. Sabrá de un modo brutal y exacto en qué medida lo aceptan o lo rechazan. Sin eufemismos, conocerá su verdadera posición en el grupo. A lo largo de los años, muchos futbolistas adevertirán su decadencia, conforme su elección sea cada vez más demorada.
Manuel Mandeb, que casi siempre oficiaba de elector, observó que sus decisiones no siempre recaían sobre los más hábiles. En un principio se creyó poseedor de vaya a saber qué sutilezas de orden técnico, que le hacían preferir compañeros que reunían ciertas cualidades.

El último partido de Rosendo Bottaro

Había jugado muchos años en primera. Ahora, unos muchachos lo habían convencido para que integrara un cuadrito de barrio en un torneo nocturno.
- Con usted, Bottaro, no podemos perder.
Bottaro no era un pibe, pero tenía clase. Confiaba en su toque, en su gambeta corta, en su tiro certero.
Su aparición en la cancha mereció algún comentario erudito:
- Ëse es Bottaro, el que jugó en Ferro, o en Lanús...
Se permitió el lujo de unos malabarismos truncos antes de empezar el partido.
La noche era oscuro y fría. Las tristes luces de la cancha de Urquiza dejaban amplias llanuras de tiniebla donde los wines hacían maniobras invisibles.
En la primera jugada, Bottaro comprendió que estaba viejo. Llegó tarde, y el sabía que la tardanza es lo que denuncia a los mediocres: los cracks llegan a tiempo o no se arriesgan.
Pero no se achicó. Fue a buscar juego más atrás y no tuvo suerte. Se mezcló con los delanteros buscando algún cabezazo y la pelota volaba siempre alto.
Apeló a su pasta de organizador: gritó con firmeza pidiendo calma o preanunciando jugadas, pero sus vaticinios no se cumplieron. Ya en el segundo tiempo, dejó pasar magistralmente una pelota entre sus piernas, pero el que lo acompañaba no entendió la agudeza.
Después se sintió cansado. Oyó algunas burlas desde la escasa tribuna. En los últimos minutos no se vio. A decir verdad, cuando terminó el partido, ya no estaba. Lo buscaron para que devolviera su camiseta, pero el hombre había desaparecido. Algunos pensaron que se había extraviado en las sombras del lateral derecho.
Esa noche, unos chicos que vendían caramelos en la estación vieron pasar por el caminito de carbonilla a un hombre canoso vestido con casaca roja y pantalón corto.
Dicen que iba llorando.
Los Refutadores de Leyendas definen el fútbol como un juego en que veintidós sujetos corren tras de una pelota. La frase, ya clásica, no dice mucho sobre fútbol, pero deschava sin piedad a quien la formula. El mismo criterio permite afirmar que las novelas de Flaubert son una astuta combinación de de papel y tinta. ¡Líbrenos Dios de percibir el mundo con este simple cinismo!
El fútbol es -yo también lo creo- el juego perfecto.
Hoy que el destino ha querido hacernos campeones mundiales, conviene decirlo apsionadamente.
Lejos de las metáforas oficiales que nos invitan a seguir el ejemplo de nuestros futbolistas para encontrar el destino nacional, yo apenas cumplo en homenajear a Bottaro, a Ferrarotti, a Luciano, a los miles de pioneros atorrantes que impartieron una ética, una estética, tal vez una cultura, cuyo inapelable resultado son los goles superiores, memorables, criollísimos de Diego Maradona.*
 

·
I Need More Cowbell!
Joined
·
7,047 Posts
Deja de joder por dios! A estas horas de la noche queres compatir tan enorme literarura? Me tenes cagado de la risa pidiendole a ese boludo que no habla dos palabras de castellano que tradusca no se cunatas lineas!

Decime, que paso? Enserio... ojala no haya sido una trajedia.
 

·
Honourable Mention, October 2011 Photo Contest
Joined
·
18,041 Posts
Discussion Starter · #9 ·
NO nada *****, hoy el famoso y conocido insomnio, y este tiempo anduve boludeando, un carozito, tambien temas de laburo, bancos, y varios, aparte estaba conectandome todas las noches y no va, y ahora arreglo el de Dolina que quedo pegado, le voy a avisar a Koeman, Gaita y los gaitas, para que entiendan de l a manera enferma que nosotros vemos el FULBITO...en Europa no tienen poesia, y aca la perdemos en manos de forros como los del progrma el Aguante, en el medio estan Dolina y el ***** Fontanarrosa que son dos capos, de los dos hay mil mejores cuentos pero no los tengo en la PC...aporte usted tambien sorete y entretenete jeton y que se te piante un lagrimon, anda a buscar el dulce de leche ese que tenias hace unos meses ahi arrumbado en la heladera...si es que no lo gatsatse en la piel de alguna señorita...
 

·
I Need More Cowbell!
Joined
·
7,047 Posts
si es que no lo gatsatse en la piel de alguna señorita
No jodas! Ni en mis sueños. A parte dicen que la miel es mejor - mas suave viste. En todo caso que crees que tengo en my pc? Un cunetitos de fontanarrosa? No, estas equivocado pendejo. Ese espacio es sagrado para peliculas porno.
 

·
Honourable Mention, October 2011 Photo Contest
Joined
·
18,041 Posts
Discussion Starter · #11 ·
el otro dia hablaba con una minita que me tenia bastante caliente en la facultad por estos metodos modernos del messenger, y obviamente raudamente derive el asunto a lo que importa, es decir empantanar el asunto y hablar de sexo para romper el famoso hielo, de enresulta que la mocosa le da por mezclar el tema de la comida, mas precisamente el chocolate en esos temas, cosa que me da como asquete, a mi el morfi y el garche, o incluso en los meros jueguitos, no me van ni un poco...obviamente si hay que sacrificarse, uno se sacrifica como santo varon, morocho y argentino que soy...
 

·
I Need More Cowbell!
Joined
·
7,047 Posts
y de a donde era esta mina? Mas importante, cunatos años tenia esta pendejita? No me digas que acariceas el cabezon mientra charleas con niñitas de 13 años.
 

·
Honourable Mention, October 2011 Photo Contest
Joined
·
18,041 Posts
Discussion Starter · #13 ·
es una pendeja que fue compañera mia de facultad, y si bien no tiene 13, es mucho mas chica que yo y para peor, por momentos si bien paso los 20, es bastante inmadura, mas no digo porque soy un caballero, y se que soy inmaduro, mas que ella, asi que mejor me autocensuro..dicho sea de pas non ti preocupare, en naca no voy, y menos porque es un hueso muy duro de roer, pero la esperanza es lo ultimo que se pierde...eso dicen..
 
1 - 13 of 13 Posts
Top